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De la clase revolucionaria a la subjetividad humana. Sobre el sujeto de la autonomía en la obra de Cornelius Castoriadis

From the Revolutionary Class to the Human Subjectivity. On the Autonomous Subject in Cornelius Castoriadis’ Work

Germán Rosso

Universidad de Buenos Aires, Argentina

RESUMEN En este artículo se propone recuperar una de las problemáticas que, aún en su diversidad temática, atraviesa buena parte de la obra de Cornelius Castoriadis: la autonomía, como proyecto que debe desplegarse no solo en el plano colectivo sino también en el singular. Se buscará reconstruir la maduración en su perspectiva acerca del sujeto que motoriza la transformación de la institución de la sociedad. Para esto, se partirá de las críticas de Castoriadis al lugar asignado en la teoría marxista al proletariado como sujeto revolucionario para llegar a la idea de una subjetividad humana que supone la capacidad de reflexión y actividad deliberada. Se destacarán los aportes de la perspectiva psicoanalítica freudiana en la consolidación de esta concepción, así como también su distancia respecto de las perspectivas marxistas que consideran la transformación del individuo como un proceso de “toma de conciencia”.

PALABRAS CLAVE Sujeto; Autonomía; Subjetividad; Castoriadis.

ABSTRACT in this paper we propose exam one of the key points in the work of Cornelius Castoriadis: the autonomy, as individual and collective project. Our purpose is review the development in his view of the subject that motorizes the social transformation. For this, we start from the Castoriadis' critics to the role that Marxist theory assigns to the proletariat as revolutionary class to reach an idea of human subjectivity with reflection and deliberation capacities. We will highlight the contributions of the Freudian psychoanalytic perspective in this conception, as well as the distances with the Marxist perspectives than think the transformation of the individual as an awareness process.

KEY WORDS Subject; Autonomy; Subjectivity; Castoriadis.

RECIBIDO RECEIVED 31/3/2019

APROBADO APPROVED 25/7/2019

PUBLICADO published 27/1/2020

NOTA DEL AUTOR

Germán Rosso, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Argentina.

El presente trabajo forma parte de un proyecto de investigación financiado por una Beca Interna Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina.

Una versión previa y parcial de este texto fue presentada en las Jornadas de estudio Castoriadis político. Academia y autonomía. 20º aniversario luctuoso del autor (Ciudad de México, 23 y 24 de noviembre de 2017).

Correo electrónico: ger.rosso@hotmail.com

ORCID: https://orcid.org/0000-0003-4856-6831

Las Torres de Lucca, Vol. 9, Nro. 16, Enero-Junio 2020, pp. 135-157 . ISSN-e 2255-3827.


A poco más de 20 años de su fallecimiento, la obra de Castoriadis pervive como un legado heteróclito en el que la pluralidad de temáticas abordadas se combina con el alto grado de erudición alcanzado por el autor en cada una de ellas. Tal vez sirva como ilustración de esto el reconocimiento que recibió por parte de contemporáneos tan importantes y diversos como Pierre Vidal-Naquet, Edgar Morin, André Green o Francisco Varela, entre otros. En el presente artículo se propone recuperar una de las problemáticas que, aún en su multiplicidad, atraviesa buena parte de la prolífica actividad de Castoriadis y en especial a su filosofía política: la autonomía, como proyecto que debe desplegarse no solo en el plano colectivo sino también en el singular.

Este ejercicio supondrá tensionar las habituales periodizaciones y dicotomías que se establecen sobre la obra de Castoriadis, tendientes a divorciar su actividad militante y política de su actividad filosófica y reflexiva. Esta escisión devino habitual al menos desde el trabajo de Philippe Gottraux (1997), quien incluso llega a sostener que Castoriadis reinvierte el capital político acumulado en sus años de militancia en capital simbólico, con el objetivo de acceder a posiciones de prestigio en el campo intelectual. Sin caer en lecturas tan reduccionistas, es común ubicar en el paso del primer volumen de La institución imaginaria de la sociedad -que originariamente fue publicado por fascículos en la revista Socialisme ou Barbarie entre 1964 y 1965- al segundo -publicado en 1975- un cambio de época en la producción teórica del autor. Enrique Escobar y Pascal Vernay (2004) demarcan cuatro etapas en la obra de Castoriadis: desde la conformación de Socialisme ou Barbarie [Socialismo o barbarie] hasta 1967, dedicada al análisis político y económico; de 1967 a 1980, marcada por la publicación de su principal obra y el comienzo de la serie Las encrucijadas del laberinto; de 1980 a 1990, como “años de consolidación de los resultados adquiridos” y emprendimiento de trabajos que finalmente resultarían inacabados; y los últimos años de vida del autor, en los que revisa el recorrido realizado y proyecta futuras direcciones de interrogación. Fernando Urribarri (1997), por su parte, reconoce como un acontecimiento central en la obra del autor el descubrimiento de la imaginación radical en 1964-1965, lo cual llevará a un “giro fundamental” que decantaría en la segunda parte La institución imaginaria de la sociedad como primera “elaboración conceptual general” (p. 9). Resulta similar la aproximación de Xavier Pedrol Rovira (2003) a lo que identifica como un “giro filosófico” en la labor del autor. Más recientemente, Javier Benyo (2016) realiza un interesante aporte a la cuestión al enfatizar en los cambios producidos en su obra a partir de la constitución de Castoriadis como autor y el abandono de la seudonimia.

La separación rígida entre una etapa militante y una etapa filosófica ha sido cuestionada por Nicolas Poirier (2011). Aun cuando pueda constatarse un cambio de inclinación entre un primer enfoque centrado en problemas de índole política y uno posterior volcado hacia ambiciones más especulativa, “esto no debe conducir a establecer una frontera estanca entre la parte filosófica de su trabajo y su dimensión más militante” (Poirier, 2011, p. 7). Para demostrarlo, Poirier emprende una labor de revisión y recopilación de materiales inéditos escritos por Castoriadis entre 1945 y 1967, los cuales dan cuenta de una clara y temprana preocupación filosófica por parte del autor. Es por esto que Poirier sostiene que Castoriadis “en realidad siempre se enfrentó a los mismos problemas” (2011, p. 8), aunque los contemplara de distinto modo en un momento u otro. En consonancia, Philippe Caumières (2018) propone considerar al proyecto de autonomía como el hilo conductor que al mismo tiempo unifica y brinda coherencia a la empresa intelectual de Castoriadis, ya que se encuentra presente desde su actividad política inicial. Consecuentemente, “cuando habla de gestión obrera, en los años cincuenta, de autogestión en los años setenta o de democracia a partir de los años ochenta, lo que preocupa a Castoriadis es siempre la autonomía, comprendida como ‘dirección consciente, por los hombres mismos, de su propia vida’” (Caumières, 2018, p. 22). En su revisión del vínculo entre las tesis ontológicas y las reflexiones sobre lo político del autor, Aldegani adopta una perspectiva similar. Así, plantea que “ambas reflexiones son elaboradas en un mismo marco conceptual, en función del proyecto de autonomía social y la comprensión de la creatividad de los hombres” (Aldegani, 2016, p. 10). Siguiendo esta orientación, en las siguientes páginas se buscará reconstruir la maduración de un punto central en la concepción de autonomía de Castoriadis: la comprensión del sujeto que motoriza la transformación de la institución de la sociedad.

Aunque se han realizado importantes esfuerzos en direcciones similares (Miranda, 2008; Urribarri, 2002; Marchesino, 2014), este trabajo se centrará particularmente en el vínculo establecido entre sujeto y autonomía. Así, se partirá de las críticas de Castoriadis al lugar asignado en la teoría marxista al proletariado como sujeto revolucionario hasta llegar a la idea de una subjetividad humana que supone la capacidad de reflexión y actividad deliberada. En esta concepción acerca del tipo de sujeto que requiere la autonomía intervendrá tempranamente la perspectiva psicoanalítica freudiana, a partir de la cual el autor progresivamente dotará de consistencia una noción de autonomía singular que resultará central para su filosofía política. Como se desarrollará más adelante, esta idea se contrapone a las concepciones marxistas que consideran a la transformación individual como un proceso de toma de conciencia a través del cual se superan las barreras ilusorias de la ideología, que encubren y distorsionan el lugar de los sujetos en las relaciones de producción capitalista.

De la crítica al proletariado como sujeto revolucionario a la idea de autonomía como proyecto social total

De acuerdo con Miranda (2008), la reflexión de Castoriadis respecto del problema del sujeto comienza a gestarse desde la constitución, en 1946, de la tendencia “Chaulieu-Montal” (Castoriadis-Lefort) al interior del Partido Comunista Internacional (PCI) trotskista, en Francia. Es en la crítica que este sector empieza a desarrollar contra la Unión Soviética, considerada como “un régimen de capitalismo burocrático total,” donde pueden rastrearse las primeras revisiones de Castoriadis al papel asignado al proletariado como sujeto histórico destinado a llevar adelante el proceso revolucionario. Cabe agregar a la postura planteada por Miranda una lectura retrospectiva realizada por el propio Castoriadis:

Fue en calidad de ideas políticas, y no filosóficas, como aparecieron en mis escritos la autonomía..., la creatividad de las masas, eso que hoy llamaría la irrupción del imaginario instituyente en y a través de la actividad de un colectivo anónimo. (Castoriadis, 1998a, p. 35). 1

En este sentido, se puede pensar que, aunque no formulada, existe cierta noción de sujeto subyacente a los primeros análisis políticos del autor que, a la larga, decantaría en la idea de un sujeto colectivo anónimo y de un proyecto de autonomía que, como posteriormente planteará, debe desplegarse no solo en el plano colectivo sino también en el singular.

Adoptando, entonces, la postura de que la noción de sujeto debe ser reconstruida a partir de los primeros escritos del autor, se establece como período de gestación de esta problemática la participación de Castoriadis en el grupo y revista Socialisme ou Barbarie (1948-1967).2 En el marco de una revisión sobre el mencionado período de su obra -realizada en el texto “La cuestión de la historia del movimiento obrero,” redactado en 1973 para introducir el primer volumen de La experiencia del movimiento obrero-, Castoriadis indica las dudas que desde aquel tiempo comenzaban a atravesarlo respecto del incuestionable papel asignado por el marxismo al proletariado como sujeto histórico: “No tenemos que interpretar la actividad del proletariado en función de una finalidad inmanente, una ‘misión histórica’, porque esa ‘misión’ es un puro y simple mito” (Castoriadis, 1979a, p. 59).

Desde aquí puede comenzar a deslindarse una crítica al carácter esencialmente revolucionario que la concepción marxista asignaba al proletariado. Resulta contradictorio que desde una perspectiva fundada en el materialismo histórico se proponga un papel universal y eternizado para una clase social, es decir, más allá de lo que acontezca en el propio devenir histórico. Mantener esta postura, o bien llevaría a desestimar otras luchas que no se proclaman por el proletariado o que no apuntan exclusivamente a cuestionar la posesión privada de los medios de producción, o bien forzaría a la lectura de todo movimiento colectivo en los términos de una lucha de clases contra la burguesía. Son conocidas las consecuencias negativas que esto trae aparejado cuando se intenta captar las luchas de movimientos sociales que rompen con el esquema marxista más clásico (tales como el feminismo, la ecología, las disidencias de género, entre otros).

En este sentido resulta útil recuperar las reiteradas críticas que durante este período Castoriadis formuló contra los análisis y diagnósticos de los revolucionarios marxistas. Según el autor, los revolucionarios suelen tener “los ojos fijos en los momentos ‘históricos’ de la acción del proletariado -revolución o huelga general-, o al menos en lo que podría llamarse su organización y su acción explícita -sindicatos, partidos, huelgas importantes-” (Castoriadis, 1979b, p. 57). El problema radicaría en que prestando atención solamente a estos elementos se pierde de vista la lucha implícita que constantemente tiene lugar en la vida cotidiana de las relaciones de producción, como “revés del trabajo cotidiano del proletariado” (Castoriadis, 1979b, pp. 57-58). Como se verá más adelante, para Castoriadis la anulación de la lucha del proletariado atraviesa el fundamento mismo del método analítico de Marx. Respecto a la fijación en ciertas acciones de resistencia de los obreros, Castoriadis retoma estas discusiones en la mencionada revisión realizada en “La cuestión de la historia del movimiento obrero” para criticar particularmente las limitaciones en el teórico marxista que lo llevan a reconocer la lucha del proletariado solamente en su actividad “explícita o manifiesta”; esto no se debe, como podría pensarse, a que este tipo de luchas resultan más fáciles de observar o constatar, sino a que, de manera más fundamental, se corresponden con mayor facilidad a las categorías y conceptos que el teórico marxista porta de antemano. Cuando los objetivos que se propone o la forma que reviste un movimiento coinciden con la conceptualización previa (y podría agregarse, inamovible) que trae el teórico, este logra reconocer allí una auténtica lucha revolucionaria. Castoriadis detecta que en estos casos:

El esquema que opera en segundo plano [respecto de la mencionada postura del teórico] es el de un sujeto (individual o colectivo) que se propone fines claros y distintos y plantea sus acciones como medios que permiten alcanzarlos. Pero la lucha cotidiana implícita del proletariado es absolutamente incomprensible desde esta óptica -del mismo modo que lo es, por ejemplo la presión cotidiana, difusa e indirecta, que ha permitido a las mujeres desde hace un siglo, y a los jóvenes desde hace veinticinco años, modificar considerablemente su situación efectiva en la familia y la sociedad, y con respecto a la cual, organizaciones y manifestaciones explícitas no representan más que la pequeña parte emergida del iceberg. (1979a, p. 71).

Aquí puede vislumbrarse el modo en que el sujeto político que intenta construir Castoriadis se desvincula de otras concepciones más clásicas. En contraposición a un abordaje ortodoxo que ubica al proletariado como el depositario único y exclusivo del proyecto revolucionario, Castoriadis comenzará a desarrollar la idea de que el sujeto debe ser más bien pensado como un por ser cuyo papel no se define de antemano, sino que se encuentra abierto a la praxis revolucionaria. Sostener, en cambio, la predestinación de una clase como sujeto revolucionario que “se propone fines claros y distintos” y posee el conocimiento de las “acciones” que son el medio que permiten alcanzar tales objetivos, resulta más cercano a un cogito cartesiano o al sujeto que supone la teoría económica de la rational choice -en tanto que completamente consciente de sus fines y sus actos- que al resultado de una praxis en la cual los hombres producen, de una manera que no puede ser predeterminada, tanto a su realidad histórica como a sí mismos.

En esta misma dirección también podría recuperarse la crítica de Castoriadis a la tesis marxista según la cual la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Si bien en un primer acercamiento esta idea parecería oponerse al determinismo económico ostentado por el marxismo, en realidad “no es más que un eslabón de los vínculos causales establecidos siempre sin ambigüedad por el estado de la infraestructura técnico-económica” (Castoriadis, 2013, p. 49). De aquí surge como consecuencia que lo que las clases hagan se encontrará dictado por lo que acontece en otro plano: el accionar de las clases es “necesariamente trazado por su situación en las relaciones de producción, sobre la cual no pueden nada, pues las precede tanto causal como lógicamente” (Castoriadis, 2013, p. 49). El resultado es que las clases terminan por no ser más que la encarnación de la acción de las fuerzas productivas, siendo así actores en el sentido más degradado que se le pueda dar al término en la medida en que solo “recitan un texto dado por adelantado y realizan gestos predeterminados” (Castoriadis, 2013, p. 49) que llevan hacia un fin inevitable y prefijado. Se podría pensar que aquí la riqueza de la idea de praxis formulada por Marx se pierde completamente. Castoriadis sostendrá que para el marxismo

[las clases son] los agentes del proceso histórico, pero los agentes inconscientes...; “son actuados” más que actúan, dice Lukács. O mejor, actúan en función de su conciencia de clase y ya es sabido que “no es la consciencia de los hombres lo que determina su ser, sino su ser social lo que determina su consciencia. (2013, pp. 49-50).

Las consecuencias de esta anulación del accionar de las clases pueden verse incluso en los fundamentos de la teoría marxista. Mientras que gran parte de El Capital se centra en el análisis del funcionamiento y desarrollo del sistema capitalista a partir de ciertas “leyes económicas objetivas,” como fundamento de la teoría de carácter científico que Marx se proponía, esto conduce, paradójicamente, a la reducción de los obreros a meros objetos. Es en este sentido que Castoriadis -bajo el seudónimo de Paul Cardan- señala que es “como objetos que aparecen obreros y capitalistas en El Capital” (Cardan, 1970, p. 54). Una vez más, los unos y los otros son vistos como instrumentos ciegos de unas leyes económicas que les trascienden y que rigen sus acciones de modo inconsciente, de manera que estas leyes terminarían siendo “independientes de las acciones de los hombres y de las clases” (Cardan, 1970, p. 55).

Es así como Castoriadis llega a la conclusión de que la concepción marxista y su método analítico “tratan en la teoría a los obreros como el capitalismo querría hacerlo, y no puede en la práctica de producción: es decir, como simples objetos” (Cardan, 1970, p. 41). En este aspecto, la teoría marxista elabora en el plano teórico, y en tanto abstracción, la propia “tendencia esencial del capitalismo” que es la “reificación” o “cosificación” de los obreros, la cual jamás puede realizarse plenamente en la práctica. Desde el punto de vista de Castoriadis,

La lucha de los hombres contra la reificación es, al igual que la tendencia a la reificación, la condición del funcionamiento del capitalismo. ...El capitalismo no puede funcionar más que poniendo constantemente en contribución la actividad propiamente humana de sus sujetos que intenta reducir y deshumanizar al máximo. (Castoriadis, 2013, pp. 28-29).

Según el autor, es aquí, en la contraposición entre la tendencia a la pasivización que encarna la reificación y la actividad humana de los obreros, donde reside la contradicción profunda del capitalismo.3 En un plano más general, que excede a la actividad económica de la sociedad capitalista, Castoriadis identifica la tendencia a la pasivización de la población en la creciente burocratización de la sociedad, en la que se puede identificar la misma contradicción de base: “cómo obtener a la vez la participación y la exclusión de la gente” (Cardan, 1970, p. 120). Pero lo que cabe destacar es que Castoriadis busca recuperar al sujeto de la revolución a partir de un doble movimiento por el cual se pueda dislocar la unidireccionalidad del marxismo respecto del proletariado como clase revolucionaria exclusiva al mismo tiempo en que intenta reponer su verdadero rol activo en la historia restituyendo “la idea de que la acción autónoma de las masas pueda constituir el elemento central de la revolución socialista” (2013, p. 52). De lo que se trata es de abandonar la idea según la cual “las clases y su acción son simples relevos; … [y asumir que] la ‘toma de conciencia’ y la actividad de las clases y de los grupos sociales (como de los individuos) hacen surgir elementos nuevos, no predeterminados y no predeterminables” (2013, p. 54).

La preocupación del autor por la acción propia de las masas se encuentra presente desde sus primeras discusiones políticas sostenidas, como se dijo al inicio, en el contexto de una revisión crítica de la revolución socialista y del advenimiento del fenómeno burocrático ruso. En el texto “Socialismo o barbarie” (publicado en 1949, en el primer número de la homónima revista), Castoriadis identifica como elemento definitorio del régimen capitalista contemporáneo a su época a la “aparición de la burocracia como capa social” (1976, p. 93). Esta idea, compartida al interior de la tendencia “Chaulieu-Montal” (Castoriadis-Lefort), apunta a captar ciertos cambios que se gestaban en el régimen capitalista del este -principalmente, la creciente monopolización- pero de manera más fundamental busca comprender las transformaciones en las relaciones de producción en el oeste. De hecho, este tipo de diagnóstico fue el principal factor que llevó a la ruptura de la mencionada tendencia con el PCI francés, el cual insistía en comprender, siguiendo la tesis de Trotsky, a la burocracia rusa como la constitución de un “Estado obrero degenerado.”

La perspectiva de Castoriadis sobre esta cuestión se basa en la identificación de la burocracia no como el elemento accidental y anecdótico de un Estado que tiende a su disolución sino como el surgimiento de una nueva clase social con sus propias características. Ahora bien, si la etapa anterior del capitalismo burgués podía ser definida fundamentalmente por la oposición entre propietarios y no propietarios, a partir del surgimiento del régimen burocrático se instala una división entre dirigentes y ejecutantes que en algunos casos lleva a la explotación de la clase trabajadora a un nivel incluso mayor que en etapas anteriores. Castoriadis sostiene que “en la zona rusa, no hay obstáculos, ni jurídicos ni económicos, que puedan poner trabas a la voluntad de la burocracia de explotar al máximo al proletariado, de aumentar lo más posible la producción para satisfacer su consumo parásito y aumentar su potencial militar” (1976, p. 105). Con la toma de posesión de los medios de producción por parte de los dirigentes del partido revolucionario se consolida entonces una nueva clase dominante y explotadora sobre el conjunto del proletariado.

Respecto a la diferencia entre el capitalismo occidental y los regímenes burocráticos orientales, es importante señalar que Castoriadis tenía en claro que, por diferentes que fuesen las situaciones en uno y otro sitio, “su desarrollo conduce a los dos sistemas a identificarse” (1976, p. 106). Este punto será profundizado en posteriores análisis del autor, hasta terminar sosteniendo que la división entre dirigentes y ejecutantes es la esencia misma del régimen capitalista, que tiende a burocratizar íntegramente todas las esferas de la sociedad. Es en este sentido que Castoriadis sostiene que las características que los burócratas -en tanto nueva clase social dominante en el régimen oriental- comparten con los capitalistas radican en que tanto unos como otros apuntan a intensificar la explotación e “intentan transformar al hombre productor en simple pieza de sus máquinas, pero destruyen así en él lo esencial: la productividad y la capacidad de creación” (Castoriadis, 1976, p. 135).

Este elemento fundamental en el hombre productor requiere ser revisado en detalle, ya que preanuncia importantes ideas sobre la concepción de sujeto en Castoriadis. Desde esa última idea, la de una capacidad de creación en las masas obreras, puede comenzar a hilarse el interés del autor por la capacidad creadora del hombre que, tras su recorrido por la filosofía y el psicoanálisis, terminaría consolidándose en una ontología orientada por la idea de creación y más particularmente en el reconocimiento de la imaginación, en sus dos sedes, singular y colectiva, como aquella potencia gracias a la cual se crean nuevas formas en el dominio humano (Castoriadis, 1998a).

Sin ir todavía tan lejos, se puede decir que la cuestión de la capacidad creadora del proletariado atraviesa buena parte de las intervenciones políticas del autor en este período, y tiene consecuencias fundamentales sobre todo en la comprensión del vínculo entre la dirección del partido revolucionario y el conjunto de las masas obreras. Este asunto es principalmente abordado en “La dirección proletaria” (publicado en 1951), donde Castoriadis parte de la idea de que existe una “profunda antinomia” al interior de la actividad revolucionaria marxista: por un lado, el marxismo promueve un análisis científico de la sociedad y apunta a llevar adelante un cambio “consciente” y “planificado” del desarrollo del movimiento revolucionario; por otro lado, el “factor más importante” y “decisivo” para esta perspectiva es “la actividad creadora de decenas de millones de hombres, tal como se desarrollará durante y después de la revolución.” El “carácter revolucionario y cosmogónico” de esta actividad consiste precisamente y según este autor, en que su contenido “será original e imprevisible” (Castoriadis, 1979a, p. 119).

Se puede detectar en esta actividad impersonal, creadora y original de las masas una de las raíces de lo que posteriormente será conceptualizado como la potencia instituyente de un sujeto colectivo anónimo. El conflicto que se suscita entre los dos factores que abarca la actividad revolucionaria del marxismo no puede ser resuelto simplemente suprimiendo a uno de ellos. Renunciar al primer factor, a la actividad racional, organizada y planificada, equivaldría a suponer que todos los problemas se resolverán por sí solos a partir de la lucha de las masas, lo que conduce a cierto “misticismo mesiánico” sobre la clase proletaria o a una confianza ciega en un “destino” ineludible de la historia; por otra parte, rechazar el segundo factor, “el carácter original y creador de la actividad de las masas,” brinda “un fundamento teórico a la burocracia,” en la medida en que se reconoce únicamente a una minoría como la depositaria de la “razón histórica” (Castoriadis, 1979a, p. 119). Estos problemas llevarán a Castoriadis a revisar las tareas y formas de organización de la dirección del movimiento proletario (el partido), asumiendo que es imposible resolver a priori la antinomia que atraviesa al movimiento revolucionario marxista. En este sentido Castoriadis sostiene que la solución de tal antinomia solo se hallará en el propio transcurso de la revolución, donde “la actividad creadora de las masas es una actividad consciente y racional,” deviniendo así “homogénea” a la actividad de la dirección del movimiento (Castoriadis, 1979a, p. 120).4

Aunque todavía no formulada con este término, la idea del proyecto de autonomía puede entreverse en toda esta serie de planteos. Efectivamente, a lo que Castoriadis apuntaba ya desde aquella época era a una transformación en la institución de la sociedad que trascendiera la sola cuestión de la posesión de los medios de producción y que colocase en un lugar central a la actividad creadora del colectivo. Desde la perspectiva del autor en ese período, entonces, es necesario recuperar de otro modo la actividad revolucionaria inaugurada por el marxismo. Se trata de un replanteamiento del objetivo de la revolución proletaria, el cual ya no puede ser “arrebatar la dirección de la producción a los capitalistas para conferirla a burócratas, sino organizar esa dirección sobre una base colectiva, como un asunto que concierne a la clase en su conjunto” (Castoriadis, 1976, p. 136). La necesidad de este cambio de objetivos parte de la experiencia rusa, en la medida en que demuestra que “es posible que aparezca una nueva capa explotadora después de la expropiación de los capitalistas, y hasta que esa aparición es inevitable si los propios obreros no se encargan simultáneamente de la gestión directa de la economía” (Castoriadis, 1976, p. 137). Los objetivos de la revolución socialista se ven así replanteados de manera fundamental: como afirma Castoriadis en aquella época, lo que se debe lograr es “la supresión de la distinción fija y estable -y a fin de cuentas de toda distinción- entre los dirigentes y los ejecutantes” (Castoriadis, 1976, p. 122).

Si bien esta idea en principio, como se pudo observar, refiere a la esfera de la producción y a su gestión directa por parte de la clase obrera, no se tarda en constatar que esta transformación tendrá consecuencias capitales en las demás esferas humanas y que por lo tanto repercutirá en la “vida social en general.” Esta idea será plasmada con mayor claridad en “Marxismo y teoría revolucionaria,” cuando el autor sostenga que la realización efectiva de la gestión obrera de la producción “implica una reordenación prácticamente total de la sociedad, como su consolidación, a la larga, implica otro tipo de personalidad humana … otro tipo de dirección de la economía y de organización y otro tipo de poder, otra educación, etc.” (Castoriadis, 2013, pp. 139-140). Sin ir más lejos, en “Socialismo o barbarie” Castoriadis ya explica que las transformaciones sociales también deben tener lugar en el terreno político, dado que “la dictadura del proletariado no puede ser la dictadura de un partido, por muy proletario y revolucionario que este sea” (1976, p. 139). Mantener esta idea redundaría en la concreción de una capa burocrática dirigente. En todo caso, “la dictadura del proletariado debe ser una democracia para el proletariado” (Castoriadis, 1976, p. 139), con todas las modificaciones en la organización social que esto comportaría.

Pero es en la alusión a la cuestión del tipo de personalidad humana que requerirán estas trasformaciones donde se puede comenzar a pensar las implicancias del proyecto revolucionario en el plano singular de los sujetos. Esta cuestión, que será abordada por primera vez en 1964 en “Marxismo y teoría revolucionaria” permite plantear que el proyecto de autonomía no solamente deberá repercutir en la organización heterónoma o alienante de la sociedad en el plano colectivo, sino que también debe propiciar la aparición de un individuo autónomo que, llamativamente, será definido desde este primer momento en clave psicoanalítica.

Aportes desde el psicoanálisis freudiano: el plano singular de la autonomía

Siguiendo el argumento de Miranda (2008), es en el lapso que va desde la autodisolución de Socialisme ou Barbarie, en 1967, hasta la publicación de La institución imaginaria de la sociedad, en 1975, cuando en Castoriadis se gesta una concepción de sujeto, fuertemente influenciada por su contacto con el psicoanálisis. La compilación de escritos inéditos a cargo de Poirier permite constatar el interés que el autor “manifestó muy tempranamente por el psicoanálisis” (2011, p. 12). En el texto “Instinto de la muerte y contradicciones de la individualidad concreta,” que data de 1945, Castoriadis (2011) explora el vínculo entre marxismo y psicoanálisis. Este ejercicio no solo es previo al mencionado período de profundización en la perspectiva freudiana, sino que incluso es muy probable que fuera escrito con anterioridad a su llegada a Francia. Al respecto de esta inclinación, el propio Castoriadis sostiene lo siguiente en una entrevista: “Desde muy joven me interesé, diría que me apasioné, por Freud. Hay textos relativamente antiguos, como ‘El contenido del socialismo’, de 1955, donde pongo de relieve la necesidad de tener en cuenta la dimensión psicosexual del individuo en todo lo que se hace o se piensa en el terreno político” (1998a, p. 104).

En este mismo sentido, el propio autor indica haber dedicado “la mejor parte de los años 1965 a 1968” (Castoriadis, 2013, p. 10) a la reconsideración de la teoría psicoanalítica, además de declararse “apasionado por el psicoanálisis” (Castoriadis, 1998a, p. 104) al momento de la ruptura de Socialisme ou Barbarie.5 Sin embargo, en lo que respecta particularmente a la concepción de sujeto de Castoriadis, es importante localizar un hito fundamental en el volumen “Marxismo y teoría revolucionaria” (elaborado entre 1964 y 1965), que cronológicamente se supone anterior o al menos precoz respecto del señalado período de revisión de la teoría psicoanalítica. En la sección titulada “Autonomía y alienación” se ubica la primera formulación de Castoriadis sobre la autonomía en su dimensión singular, la cual como ya se dijo es pensada desde los aportes de Freud. Esto resulta importante porque a partir de entonces la reflexión del autor respecto del sujeto autónomo se servirá siempre de distintas contribuciones del psicoanálisis freudiano.

El punto de partida desde el cual Castoriadis propone pensar al individuo autónomo es un pasaje de Freud: “Allí donde estaba el Ello, debo devenir Yo” (Castoriadis, 2013, p. 161).6 Esta expresión será recuperada en numerosas ocasiones posteriores por Castoriadis, pero en esta primera aproximación ya se exhibe lo esencial de su interpretación. El Yo, en tanto “conciencia y voluntad,” no debe ni suprimir ni reabsorber al inconsciente. Lo que el Yo debe lograr es tomar el lugar del Ello “en tanto que instancia de decisión” (Castoriadis, 2013, p. 161). Así planteada la cuestión,

La autonomía (en su dimensión singular) sería el dominio del consciente sobre el inconsciente. … Si a la autonomía, a la legislación o a la regulación por sí misma se opone la heteronomía, a la legislación o a la regulación por otro, la autonomía es mi ley, opuesta a la regulación por el inconsciente que es una ley otra, la ley de otro que yo. (Castoriadis, 2013, pp. 161-162).

Esta ley de otro es planteada por Castoriadis (2013) en términos lacanianos como la presencia del “otro en mí” (p. 162), del “discurso del Otro” (p. 162).7 El objetivo de la autonomía es entonces que el discurso del propio sujeto tome el lugar del “discurso del Otro, de un discurso que está en mí y me domina” (Castoriadis, 2013, p. 162). Lo que define a este discurso propio es la negación del discurso del Otro, no necesariamente en cuanto a su contenido, pero sí en tanto que siendo un discurso ajeno. Es “explicitando a la vez el origen y el sentido de este discurso” que el sujeto puede negarlo o afirmarlo “con conocimiento de causa” (2013, p. 164), lo cual constituye el factor central que define a su autonomía.

Al mismo tiempo, Castoriadis reconoce que esta tarea no puede realizarse de manera absoluta, ya que jamás podrá el discurso propio retomar, aunque más no fuese para aprobarlo, el conjunto de contenidos ajenos que lo colman. Es por esto que la tarea delineada por Freud “debe ser comprendida no como remitida a un estado acabado, sino a una situación activa” (Castoriadis, 2013, p. 165), o podría decirse incluso, a un ejercicio constante, que posteriormente Castoriadis comprenderá específicamente como un ejercicio de reflexión y deliberación cuyo carácter es el de un proyecto constantemente por hacerse, y no un estado final a ser conquistado. La autonomía individual no consiste entonces en una “toma de conciencia” efectuada de una vez y para siempre, “sino en otra relación entre consciente e inconsciente, entre lucidez y función imaginaria, en otra actitud del sujeto respecto a sí mismo” (Castoriadis, 2013, p. 165), que es la contraparte necesaria que supondrá la autonomía colectiva en tanto establecimiento de una relación diferente entre la dimensión instituyente y la dimensión instituida de lo histórico-social.

A esto cabe agregar el complemento inverso que Castoriadis supone respecto de la proposición de Freud: “allí donde Yo soy, el Ello debe surgir” (2013, p. 166). Las pulsiones y deseos del sujeto “hay que abocarlos no solamente a la conciencia, sino a la expresión y a la existencia” (Castoriadis, 2013, p. 166). En suma, para el autor el Yo debe convertirse en una “instancia activa y lúcida que reorganiza constantemente los contenidos” (Castoriadis, 2013, p. 169). Será entonces el mencionado encuentro con la disciplina psicoanalítica, en tanto teoría y práctica, lo que permitirá a Castoriadis pensar las vías por las cuales resultaría posible instituir una subjetividad autónoma y las características de la misma.8

Posteriormente, Castoriadis (1998c) volverá a abordar la cuestión de la autonomía individual brevemente en otro de sus textos, por cierto central en su obra: “La lógica de los magmas y la cuestión de la autonomía.” La importancia de este artículo de 1981 en la obra del autor radica en que allí se puntualizan aspectos fundamentales de su propuesta general, destacándose sobre todo la formulación de sus tesis ontológicas y del estatuto de lo magmático. Sobre el final del recorrido a algunas de sus principales ideas filosóficas que en el mencionado artículo se propone, Castoriadis aborda la cuestión de la autonomía tanto social como individual. En este sentido, no debe olvidarse que, aunque Castoriadis reformule de una manera fundamental la concepción imperante acerca de la transformación del individuo -la cual hasta entonces era pensada en el medio marxista como una toma de conciencia-, con la autonomía también emerge una nueva forma de sujeto colectivo que motoriza la transformación de la sociedad. La consistencia del mismo comienza a ser esbozada en “Marxismo y teoría revolucionaria,” donde ya es planteado que además de las transformaciones a escala singular es necesaria una alteración en la institución de la sociedad. Así, la autonomía apunta, en tanto “relación social” (Castoriadis, 2013, p. 171), a superar la alienación instituida, es decir, el carácter alienante o heterónomo encarnado en la organización social.

La dimensión social de la alienación, de modo general, da cuenta de una autonomización inercial en la lógica de las instituciones por la cual se desemboca en una inversión en la que “un conjunto de instituciones al servicio de la sociedad, se convierte en una sociedad al servicio de las instituciones” (Castoriadis, 2013, pp. 175-176). Aunque en esta ocasión Castoriadis no brinde más especificaciones al respecto, su posterior obra profundizará en esta dimensión social de la autonomía hasta llegar a comprenderla como la emergencia en el Ser de un nuevo sujeto colectivo anónimo, el cual es capaz de autotransformar de una manera explícita sus formas sociales.9 Esto se encuentra sugerido ya en 1951 con la idea de que, con la revolución, la actividad creadora de las masas podrá devenir una “actividad consciente y racional” homogénea a la de la dirección del movimiento obrero (Castoriadis, 1979a, p. 120). En tal situación, la masa o colectividad anónima se hace cargo de su institución, lo cual pasará a ser pensado, más que como una actividad racional, como la posibilidad del sujeto colectivo de “reflexionar y de decidirse [o instituir efectivamente nuevas formas] después de deliberar” (Castoriadis, 1998b, p. 122). Es por esto que Castoriadis sostiene que “lo que define [a] una sociedad autónoma es su actividad de autoinstitución explícita y lúcida, el hecho de que ella misma se da su ley sabiendo que lo hace” (1998c, p. 215).

Para comprender tales ideas se puede recuperar el modo en que Castoriadis culmina el último capítulo de su principal obra:

[la superación de la heteronomía es] la instauración de una historia en que la sociedad no solo se sepa, sino se haga explícitamente como autoinstituyente …, lo cual únicamente puede ocurrir mediante la posición/creación no solo de nuevas instituciones, sino también de un nuevo modo de instituirse y una nueva relación de la sociedad y de los hombres con la institución. (Castoriadis, 2013, p. 576).

Esta “nueva relación” con la institución encarna un cambio en el vínculo entre la dimensión instituida y la dimensión instituyente de la sociedad, gracias a lo cual se verá posibilitada una autotransformación explícita y reflexiva por parte del colectivo. Volviendo ahora sobre el artículo “La lógica de los magmas y la cuestión de la autonomía,” Castoriadis señala en esta ocasión que la autonomía debe ser también comprendida como “una apertura ontológica” que se contrapone a la clausura que exhiben los demás niveles del Ser. El carácter “ontológico” de tal apertura reside en que se trata de “una creación ontológica: la aparición de una ‘forma’ (eidos) que se altera explícitamente ella misma como forma” (1998c, p. 216). Esto es pertinente tanto al nivel individual como al propiamente colectivo, siendo en este último caso el cuestionamiento explícito de la institución de la sociedad por medio de la cual se “ponen en tela de juicio sus propias instituciones y significaciones -su ‘organización’- en el sentido más profundo del término” (1998c, p. 213), mientras que el primero responde a la correlativa aparición de “individuos capaces de poner en tela de juicio las leyes existentes” (1998c, p. 213). De este modo se enfatiza en el vínculo intrínseco entre sociedad e individuos autónomos, y ambas cosas solo resultan posibles en el marco de una transformación que subvierta la institución global de la sociedad.

Esta línea de reflexiones será continuada y definida con mayor detalle en otro artículo fundamental en el desarrollo de la perspectiva psicoanalítica de Castoriadis: “El estado del sujeto hoy,” conferencia dictada en 1986 y publicada al año siguiente.10 Entre los múltiples tópicos abordados en este artículo, Castoriadis se preocupa por definir cuál es el estatuto del sujeto al que está destinada la práctica psicoanalítica, es decir, de eso que se anuncia como una “instancia que puede reflexionar y que puede obrar, decidir intervenir así o de otra manera” (1998b, p. 118). Este sujeto es definido por el autor, desde esta ocasión y en adelante, como una subjetividad humana o incluso subjetividad propiamente humana, cuyas características centrales residen en la reflexividad (que es radicalmente diferente al mero cálculo, el razonamiento lógico o el computar que no son capaces de cuestionarse acerca de sus fundamentos) y la voluntad en tanto capacidad de acción deliberada (1998b, p. 122). Pero esta forma de la subjetividad no es algo simplemente dado o un destino del hombre, sino que es una creación histórica, lo cual significa que nace en y por la historia y la sociedad, y no en cualquier sociedad, sino en una institución social tendiente a la autonomía (como lo han sido, según lo que señala el autor en reiteradas ocasiones, la antigua Grecia y la Modernidad occidental) (Castoriadis, 1998b, p. 122).

En el transcurso del artículo “El estado del sujeto hoy” se despliega una revisión de las características y los presupuestos metapsicológicos e histórico-sociales de esta subjetividad reflexiva y deliberante que, como el propio autor reconoce, “da un contenido más preciso a lo que definí desde 1965 como la autonomía del ‘sujeto’ humano” (1998b, p. 147; cf. también Castoriadis, 2004, p. 143). El establecimiento de una relación distinta entre consciente e inconsciente planteado en aquella ocasión aparece ahora especificado, en la medida en que se detalla que además de la instancia consciente es necesaria la reflexividad y la capacidad de actividad deliberada (Castoriadis, 1998b, p. 147). Esto significa que el Yo o la conciencia del psicoanálisis no suponen por sí mismos la capacidad de reflexionar y deliberar en torno a los contenidos instituidos por la sociedad. Desde ya, esto continúa sin implicar una “‘toma de poder’ por el consciente,” ni mucho menos una asimilación, anulación o aniquilamiento del inconsciente. A su vez, en el plano histórico-social se define también un sujeto colectivo potencial que es “capaz de reflexionar y de decidirse después de deliberar,” es decir, una sociedad autónoma que puede darse a sí sus propias leyes. De este modo el autor recupera el vínculo e implicancia mutua entre la dimensión singular y la dimensión colectiva, tal como es presentada esta articulación desde “Marxismo y teoría revolucionario” en 1965.

Al respecto de los “presupuestos” para que esta subjetividad resulte posible, Castoriadis reconoce cuatro, “de los cuales solo dos pertenecen a la investigación metapsicológica, mientras que los otros dos sobrepasan el campo psicoanalítico propiamente dicho” (1998b, p. 141). Se tratan de la sublimación, la existencia de una cantidad de energía libre (o al menos la capacidad de poder mutar aquella de la que dispone la psique), la labilidad de las investiduras psíquicas y la capacidad de cuestionar los objetos investidos a partir de la reflexión. Lo interesante aquí, respecto a los dos primeros, es que aquello que en la filosofía tradicionalmente es reconocido como trascendental es trabajado por Castoriadis desde la metapsicología, introduciendo así la cuestión de la libido en el problema de la reflexividad. Los dos últimos presupuestos, aunque en apariencia también pertinentes a lo psíquico, en verdad fuerzan a adentrarse “en la sinergia de la institución social” (1998b, p. 146), ya que no consisten en cualidades que surjan por sí mismas, sino que solo pueden tener lugar en el marco de una sociedad tendiente a la autonomía. De manera que con estos dos presupuestos se reafirma y profundiza la idea según la cual la subjetividad propiamente humana es una creación histórica, lo cual lleva a Castoriadis a alejarse desde otro ángulo de la idea de sujeto trascendental. La reflexividad y la actividad deliberada son una producción de la sociedad en un contexto histórico determinado.

Se puede recuperar en este sentido lo que Castoriadis sostiene en otra ocasión al respecto de Descartes:

Yo no puedo ser libre solo, ni en cualquier sociedad (ilusión de Descartes, que pretendió olvidar que él estaba sentado sobre veintidós siglos de preguntas y de dudas, que vivía en una sociedad donde, desde hacía siglos, la Revelación como fe del carbonero dejó de funcionar, la ‘demostración’ de la existencia de Dios se convirtió en exigible para todos aquellos que, incluso creyentes, [piensan]). (2008, pp. 105-106).

La elucidación de esta capacidad reflexiva y deliberante será continuada en el artículo “Lógica, imaginación, reflexión” (de 1988) para alcanzar, de acuerdo con Urribarri “su maduración y extensión definitivas” (1998, p. 17) en el volumen Hecho y por hacer, particularmente en el artículo titulado “Imaginación, imaginario, reflexión.” En esta serie se complementan elementos de la filosofía y el psicoanálisis para comprender la capacidad reflexiva del sujeto. Se establece que la reflexión “solo puede darse a través de una fundamental conmoción y modificación de todo el campo histórico-social,” debido a que simultáneamente emerge una sociedad en la que no existe una verdad incuestionable al mismo tiempo que individuos para los cuales resulta “psíquicamente posible” cuestionar el orden instituido (Castoriadis, 1998a, p. 325). Además, se detalla la implicancia de la imaginación radical como posibilidad de la reflexión.

Otros textos, como “Poder, política, autonomía,” de 1987 y “Psicoanálisis y Política,” de 1989, también aportan en la comprensión de la articulación de la dimensión singular de la autonomía con la dimensión histórico-social, iluminando sobre todo el vínculo entre el psicoanálisis y la política. En el mismo sentido, en “El psicoanálisis: situación y límites” (Castoriadis, 2001), conferencia leída en noviembre de 1997 por Joel Whitebook y publicada póstumamente, se establece una visión de conjunto y síntesis de la reflexión del autor en torno a la teoría y la práctica psicoanalíticas, además de una evaluación de las problemáticas y desafíos que la disciplina atraviesa en la época contemporánea.

A manera de conclusión

La revisión desplegada a lo largo de este artículo permitió mostrar que la concepción de Castoriadis acerca del sujeto de la autonomía fue construida progresivamente. Esta es la razón por la cual cabe suspender o al menos relativizar las divisiones y periodizaciones operadas sobre su obra, siempre que estas atenten contra la comprensión de la génesis de sus ideas. Esta forma de aproximación coincide, por cierto, con el modo en que Castoriadis elaboraba sus reflexiones. Como el propio autor indica en el prefacio a su principal obra, “contrariamente a todas las reglas de composición, las paredes del edificio son exhibidas unas tras otras a medida que son edificadas, rodeadas por lo que queda de los andamiajes, de los montones de arena y de piedra, de los pedazos de viga y de las paletas sucias” (Castoriadis, 2013, pp. 9-10). De manera que las paredes levantadas por su pensamiento no son derribadas por las posibles reformas en el edificio, sino que permanecen a la vista, permitiendo recuperar las líneas de continuidad y los itinerarios trazados por su reflexión.

Tras el recorrido realizado a través de la obra de Castoriadis resulta expuesto como una constante en su pensamiento la preocupación por el sujeto y su dimensión política. Este hilo conductor es definido por el reconocimiento de que el sujeto humano puede llegar a instituirse a sí mismo y la preocupación por los modos en que esta transformación es habilitada. También se evidencia que la capacidad de creación que la alteración de la institución supone ya se encuentra presente, de manera subyacente y en toda su potencialidad, desde momentos muy tempranos en la reflexión del autor, sobre todo en su interés por recuperar la noción de praxis revolucionaria y vincularla con la “actividad creadora” de las masas (Castoriadis, 1979a, p. 119). Estos aportes constituyen elementos de importancia para problematizar algunas de las encerronas a las que conduce la ortodoxia del pensamiento marxista, especialmente en lo referente al rol asignado al proletariado como único sujeto revolucionario y al lugar de la lucha de clases en las transformaciones históricas. Ante esto, Castoriadis propone pensar al sujeto revolucionario como un por ser cuyo papel no puede ser predefinido, sino que se encuentra abierto a su propio movimiento de autoinstitución.

Del reconocimiento de esta capacidad instituyente en el plano colectivo, el autor pasará a reflexionar sobre cómo la misma puede surgir en el plano singular, principalmente sirviéndose del herramental conceptual proporcionado por el psicoanálisis. Las concepciones marxistas que permanecen ceñidas a la noción de “falsa conciencia” consideran a la transformación individual como un proceso de “toma de conciencia” por el cual los sujetos superan los encubrimientos y las distorsiones ideológicas que le impiden reconocer tanto su lugar en las relaciones de producción capitalista como su pertenencia de clase. A diferencia de esto, Castoriadis establece que la autonomía individual no consiste en una “conciencia verdadera” o estado final y acabado a ser conquistado; su carácter, antes bien, es el de un proyecto constantemente por hacerse. Este proyecto perpetuo depende del establecimiento de otra relación entre el sujeto y los sentidos que ha interiorizado. Además, la conciencia se mantiene en el terreno del cálculo o razonamiento (reckoning), que opera a partir de los marcos preestablecidos por las significaciones instituidas por la sociedad. La reflexividad, en cambio, supone la posibilidad de suspender las certezas, criterios y reglas que fundamentan el accionar individual para cuestionarlos lúcidamente y, desde allí, actuar de manera deliberada. Es el sujeto así defino el que puede sostener la autonomía colectiva como auto-alteración explícita de la institución de la sociedad.

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1 La misma idea es expuesta en “La lógica de los magmas y la cuestión de la autonomía”: “En mi trabajo, la idea de autonomía apareció muy temprano, en realidad desde el comienzo de mi actividad, y no como idea filosófica o epistemológica, sino como idea esencialmente política. Mi preocupación constante es su origen, la cuestión revolucionaria y la cuestión de la autotransformación de la sociedad” (Castoriadis, 1998c, p. 214).

2 Tales trabajos fueron posteriormente compilados en dos series de publicaciones, La sociedad burocrática (I y II) y La experiencia del movimiento obrero (I y II).

3 Federico Ferme (2011) profundiza en este punto en su revisión de los debates centrales en torno a la noción de “cosificación” en la teoría social, confrontando sobre todo las concepciones de Lukács y Marx con los planteos de Castoriadis.

4 Una recuperación más completa de este problema, confrontando las posiciones de Castoriadis, Pannekoek y Lefort, en Repossi (2008).

5 François Dosse (2018) reconstruye detalladamente este período de la vida de Castoriadis.

6 La traducción de José Luis Etcheverry de este pasaje coincide con la que propone Castoriadis: “Donde Ello era, Yo debo devenir” (Freud, 2008, p. 74).

7 Cabe aclarar, siguiendo a Urribarri (2002), que este texto refleja una primera atracción de Castoriadis por la lectura lacaniana de Freud, de la cual posteriormente se distanciaría con fuertes críticas. De acuerdo con Dosse (2018), Castoriadis asiste desde 1964 a los seminarios de diversos psicoanalistas prestigiosos de la época, entre los que se destaca Jacques Lacan.

8 A la vez, y como anverso necesario de estas reflexiones, surgirá una postura propia del autor al respecto del proyecto de transformación del sujeto que la práctica psicoanalítica debe encarnar. La aparición de esta temática puede ser ubicada en el primer artículo referido al psicoanálisis publicado por Castoriadis, “Epilegómenos a una teoría del alma que pudo presentarse como ciencia”, de 1968.

9 Aunque aquí no serán trabajados en detalle, los aportes más importantes en esta dirección pueden encontrarse en: “Poder, política y autonomía” de 1987, “Individuo, sociedad, racionalidad, historia” de 1988 y “La polis griega y la creación de la democracia” de 1986, por solo nombrar aquellas referencias más representativas.

10 Nótese al respecto que en la edición castellana de estos textos existe un desfasaje: El Psicoanálisis, Proyecto y elucidación, de Nueva Visión, compila tres extensos textos sobre psicoanálisis: “Epilegómenos a una teoría del alma que pudo presentarse como ciencia”, “Psicoanálisis, Proyecto y Elucidación”, ambos pertenecientes al primer volumen en francés de Las encrucijadas del laberinto, y “El estado del sujeto hoy”, que corresponde al tercer volumen de tal serie.

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