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El nacionalsocialismo, o la barbarie latente en la razón

National Socialism, or the Latent Savagery in Reason

Javier Leiva Bustos

Universidad Autónoma de Madrid, España

RESUMEN El proyecto totalitario nacionalsocialista desencadenó en Europa una barbarie inaudita, dando origen a la mayor guerra acaecida en la historia y a un genocidio sistemático y sin precedentes. Frente a quienes consideran esta forma de barbarie algo puramente irracional, lo cierto es que la barbarie del nazismo fue el producto de un proyecto “racional” que hundiría sus últimas raíces en el período de la Ilustración. El asesinato cruel e inhumano de millones de personas fue resultado de un acto perfectamente planificado, sistemático y racional, apoyado en una burocracia que facilitó la creación de una serie de barreras psicológicas por parte de los perpetradores y cuyas huellas se pretendían borrar de la historia. Desde este punto de vista, el nacionalsocialismo demostró que la Razón por sí sola no salva al mundo de la barbarie.

PALABRAS CLAVE barbarie; Holocausto; mal; nacionalsocialismo; razón.

ABSTRACT The Nacional Socialist totalitarian project unleashed an unprecedented savagery in Europe, giving raise to the largest war to have taken place in our history and to a never before seen systematic genocide. In opposition to those who consider this way of savagery as something purely irrational, the truth is that Nazism’s savagery was product of a “rational” project which would have its roots in the period of the Enlightenment. The cruel and inhuman murder of millions of people was the result of a perfectly planned, systematic, and rational act, supported in a bureaucracy which made easier the creation of a series of psychological barriers by perpetrators and whose traces were intended to be erased from history. From this point of view, National Socialism showed that Reason by itself does not save the world from savagery.

KEY WORDS Savagery; Holocaust; Evil; National Socialism; Reason.

RECIBIDO RECEIVED 17/11/2017

APROBADO APPROVED 14/01/2018

PUBLICADO published 28/01/2019

NOTA DEL AUTOR

Javier Leiva Bustos, Departamento de Filosofía, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Madrid, España.

El presente ensayo ha sido realizado en el marco de una beca FPI-UAM. Quiero dar las gracias a la Universidad Autónoma de Madrid por su ayuda; a los profesores Mª Purificación Sánchez Zamorano y Evaristo Prieto Navarro por su dirección; a mis compañeros de despacho y de departamento por los debates que han enriquecido este artículo; y, por supuesto, a los miembros del TS por su colaboración.

Correo electrónico: jleiva.1990@gmail.com

ORCID: http://orcid.org/0000-0002-6124-184X

Las Torres de Lucca, Vol. 8, Nro. 14, Enero-Junio 2019, pp. 109-134 . ISSN-e 2255-3827.


Desde los inicios del pensamiento occidental las ideas de civilización y progreso se han asociado a la idea de razón, mientras que la de barbarie se ha identificado con la ausencia de ella. En este sentido, los griegos fueron los primeros que categorizaron al conjunto de la humanidad en dos grupos: aquellos que podían comprender el logos del mundo, acceder a él y expresarlo adecuadamente a través de la lengua griega; y aquellas personas que no hablaban griego y, por tanto, no podían captar el logos. Estos últimos serían aquellos que solo sabían balbucear, los que decían, expresado onomatopéyicamente, bar-bar…; esto es, los bárbaros. En su célebre poema Parménides (2007) ya había identificado el logos con la Verdad y, en consecuencia, con “lo que es”. Por su parte, en la República Platón (2008) concibió el utópico proyecto de Kallipolis, una ciudad gobernada a través de la racionalidad y que habría de ser, en principio, la polis donde la humanidad pudiera realizarse plenamente; sin embargo, no sabemos si intencionadamente o no, el filósofo ateniense acabó haciendo de la ciudad un sistema organicista, sin sentimiento alguno de afectividad y más próximo a una distopía que a una ciudad perfecta, mostrando ya, de manera incipiente, un rostro oculto y perverso de la razón.

La importancia del uso de la razón para la consecución de una sociedad civilizada seguiría presente a lo largo de la historia del pensamiento, pero sin lugar a dudas alcanzaría su momento cumbre en el periodo de la Ilustración. Desde mediados del siglo xviii pensadores franceses como Voltaire (2007), Rousseau (2008), Montesquieu (2003), D’Alambert o Diderot entronizaron en sus escritos y en la L’Encyclopédie el uso de la razón, la cual fue elevada al rango de divinidad tras la Revolución de 1789. Pensadores como Kant (2009) o Fichte (1986) veían en ella el camino para librar a Europa del despotismo y la superstición, y conducir así finalmente a la humanidad hacia su florecimiento, ya fuera mediante el reino de los fines o mediante una época construida sobre los pilares de la libertad y de la justicia. Incluso la intención última de Napoleón al emprender su cruzada en el Viejo Continente era la de extender el espíritu ilustrado al resto de países, vistos por el emperador francés como pueblos bárbaros que no se regían todavía plenamente por las leyes emanadas de la Diosa Razón. Nuevamente se manifestó un lado oscuro y autoritario por parte de esta “deidad”, lejano al que suele presentar comúnmente, pero tal faceta quedó relegada al olvido debido a la derrota de Francia y, sobre todo, al pedestal en el que ya se había situado a la razón y a la convicción de que únicamente ella podría encaminar a los hombres hacia su prosperidad. Sin embargo, que este aspecto fuese olvidado no significa que quedase destruido. De hecho, volvería a revelarse, de manera mucho más cruel y maligna, más de un siglo después a través del nacionalsocialismo. En efecto, el régimen nazi se apoyó en el predominio de la razón para instaurar su imperio del terror y cometer algunas de las mayores atrocidades de la historia, muchas de ellas inauditas, demostrando con ello que el raciocinio humano no conducía necesariamente hacia la civilización, sino que podía desembocar también en la mayor de las barbaries. El Holocausto significó la mayor prueba de ello: el asesinato de millones de personas llevado a cabo de manera fría, sistemática, ordenada, controlada y racionalizada, como si de una producción en serie se tratase. Dicho de otra manera, la verdad es que la barbarie desencadenada por el nacionalsocialismo fue el producto de un proyecto racional.

Semejante afirmación puede suponer un gran choque con nuestra concepción del mundo: ¿cómo puede ser que la razón humana, que nos ha procurado nuestra sociedad, nuestra tecnología o nuestro conocimiento, sea también responsable de uno de los mayores estigmas de la humanidad, uno de los actos que suscitan todo nuestro desprecio y desaprobación? La respuesta reside en el significado que le demos a aquello que denominamos “proceso civilizatorio”. El motivo de que sentencias como la del proyecto racional del nazismo nos causen este impacto sería, como expone Zigmunt Bauman en Modernidad y Holocausto (2011, p. 33), el mito etiológico que la sociedad occidental tiene arraigada en lo más hondo de su mente acerca de sí misma. Según esta concepción, de corte hobbesiana, la humanidad habría surgido de una barbarie presocial, perteneciente a algún remoto “estado de naturaleza”; pero gracias al uso la razón, al establecimiento de pactos sociales, etc. consiguió dejar atrás su parte más instintiva, la guerra del todos contra todos, y avanzar hacia el progreso y la civilización. Un relato que resulta moralmente edificante al tiempo que tranquiliza nuestras conciencias, dado que, desde este punto de vista, acontecimientos como el Holocausto no supondrían un fracaso de la civilización, sino una derrota a la hora de contener los actos más deleznables de la naturaleza humana. O dicho en otras palabras: lejos de significar una refutación de la civilización, significaría que el proceso civilizatorio aún está inconcluso y que debemos esforzarnos todavía más por completarlo.

Sin embargo, prosigue Bauman, existiría también una interpretación alternativa y más creíble de la Shoah, según la cual fueron precisamente los productos de la civilización, como la tecnología o los criterios racionales de elección, de economía y de eficiencia, los que revelaron la debilidad de la naturaleza humana ante el asesinato, el uso de la violencia, el miedo a la conciencia culpable o la asunción de responsabilidad ante un acto inmoral. En este sentido “el Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de la civilización y en un momento culminante de nuestra la cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura” (Bauman, 2011, p. 14).1 Nuestra moderna civilización no fue una condición “suficiente” para tal atrocidad, pero sí se convirtió en una condición “necesaria”. Pensar que fue únicamente un error puntual o una herida de nuestra sociedad solo trae consigo una exculpación errónea, que atribuiría la culpa a un grupo denominado “nazis”, representantes de la maldad, mientras que otro grupo, en este caso “nosotros”, quedaría eximido de cualquier responsabilidad; de esta manera, no habría ningún motivo para dudar de la inocencia de la civilización, que nos habría formado como “los buenos”. Lejos de esto, la triste realidad es que fue nuestro mundo racional, con su tecnología, su industria y su burocracia, la que permitió concebir un auténtico genocidio. Incluso el departamento de la oficina central de las SS encargado del exterminio de los judíos tenía por nombre “Sección de Administración y Economía”, dejando claro tanto la manipulación del lenguaje realizada por los nazis como el significado organizativo que le daban al Holocausto. El exterminio físico de personas acabó siendo concebido como el método más viable y eficaz para alcanzar el objetivo de un Reich puramente ario, ejecutado acorde a una cuidadosa planificación: se diseñaron una tecnología y un equipo técnicos adecuados, se calcularon los presupuestos, se movilizaron recursos y se coordinaron los distintos departamentos burocráticos del Estado. En ningún momento la perpetración de un crimen tan atroz entró en conflicto con los principios de la racionalidad, sino que era plenamente compatible con la búsqueda de eficiencia y la óptima consecución de objetivos; es más, fue precisamente esta “racionalidad instrumental” —en palabras de Horkheimer (2010)— la que hizo posible que soluciones como el asesinato de pueblos enteros alcanzaran el estatus de “razonables”. La ingeniería social desarrollada por el nazismo solo pudo alcanzar su desarrollo en el corazón de una cultura racional y burocrática, donde la sociedad era concebida como un objeto a administrar.

Es cierto, podríamos replicar, que el nacionalsocialismo se declaró en varias ocasiones como “antimoderno”, pero cuando los dirigentes nazis realizaban tal afirmación se estaban refiriendo exclusivamente a determinados aspectos de la modernidad. Los ideales revolucionarios y, para ellos, afrancesados, con todo lo que ello conllevaba de “libertad, igualdad, fraternidad” fueron totalmente rechazados y reemplazados por los de “control, jerarquía y unión a través de la raza”. De la misma manera, el régimen de Hitler consideraba que la modernidad se había distinguido por la abstracción que imperaba en las relaciones sociales e industriales, y por una racionalidad calculadora que, lejos de estar provista de cualquier tipo de vitalismo o espíritu creador, se limitaba a buscar el patrón común de todas las cosas e inundaba todas las facetas de la vida; rasgos que personificaron en el pueblo semita, hasta el punto de considerar que la civilización moderna era “la estandarización total, almas y cuerpos bajo la influencia de lo judío” (Traverso, 2002, p. 150). Frente a esta vertiente de la modernidad, el nacionalsocialismo oponía toda una serie de teorías y concepciones enormemente influenciadas por las corrientes vitalista y romántica del siglo xix, defendiendo así ideas como la relevancia del artista o del genio creador en el mundo —el propio Hitler fue considerado como el “artista de Alemania”—; teorías biológicas pseudocientíficas, como la raciología —combinadas con el darwinismo social—; o posiciones políticas como el nacionalismo Völkisch, esto es, un nacionalismo enfocado desde el punto de vista racial. Por lo tanto, se podría decir, y con razón, que ante la Zivilisation moderna, caracterizada por una racionalidad sin raíces y por estar basada en una inteligencia abstracta del mundo y portadora de ateísmo, el nazismo contraponía la Kultur germana, basada en una sabiduría impregnada de mística y espiritualidad religiosa (Traverso, 2002, p. 150).

No obstante, esto no quiere decir que el nacionalsocialismo pueda ser definido con el atributo de “irracional”, o, siquiera, que pueda decirse que la ideología y cosmovisión nazis carecieran del uso de la razón. Considerar a Hitler y a los otros grandes jerarcas del NSDAP simplemente como unos locos o como un conjunto de personas guiadas por la sinrazón no solo supone quitar peso e importancia a sus viles acciones, sino que, en última instancia, implica exonerarlos de toda responsabilidad en aquello que hicieron. Si la racionalidad es el atributo distintivo del ser humano, y su correcto uso es lo que permite el ejercicio de nuestra libertad, entonces cualquier reducción o supresión de este raciocinio implica una pérdida proporcional del libre arbitrio. Por consiguiente, tildar al nazismo y a sus actos de irracionales o demencias nos llevaría a la conclusión de que todos aquellos que levantaron el iii Reich y pusieron en marcha su maquinaria asesina, con Hitler a la cabeza, deberían ser considerados como un grupo de perturbados que no se encontraba en pleno uso de su racionalidad y de sus facultades mentales; y si esto fuera así, no podríamos exigirles ningún tipo de responsabilidad por sus atrocidades y sus crímenes, pues, al igual que en el caso del enfermo mental, no habría culpa en sus acciones. Sería injusta su condena por parte de la historia, o haberlos castigado con la prisión o la pena capital; lejos de ello, siguiendo el anterior razonamiento, deberíamos compadecernos de ellos, a quienes su falta de razón les habría privado del juicio necesario para comprender el alcance de sus decisiones y sus actos. Sin embargo, nadie en su sano juicio estaría dispuesto a aceptar una conclusión como esta. Hitler y sus colaboradores más allegados fueron perfectamente conscientes de lo que hacían, de la sangre que manchaba sus manos, y siguieron mostrando una firme determinación en sus decisiones, lo que hace de ellos personas todavía más despreciables, ruines y perversas.

De este modo, la inmensa mayoría de explicaciones que se han ofrecido del nazismo a partir de estudios de corte psicológico o psicoanalítico sobre personalidad de Hitler resultan del todo irrelevantes. Da igual que un joven Adolf fuera maltratado por su padre, pues no todos los niños que, por desgracia, sufren estos abusos desarrollan la denominada “personalidad autoritaria” (Adorno, 1950) en su etapa adulta. Sus relaciones amorosas o el porqué del origen de su antisemitismo en las calles de Viena tampoco arrojan mucha luz. En resumidas cuentas, acerca de esta cuestión nos basta la sentencia que expresaba el historiador Hans-Ulrich Wehler, con mordaz ironía:

Still more disconcerting is the psychohistorical Hitler’s personality. Does our understanding of National Socialist politics really depend on whether Hitler had only one testicle? Who, apart from his personal doctor and his masseur, can possibly know about that? Perhaps the Führer had three, which made things difficult for him —who knows? Are important insights disclosed if we are informed that Hitler’s “sado-masochistic” personality considered it a blessing when girls urinated over his face? What source-value is granted to the shadowy suggestions of an “old fighter”, meanwhile senile, or of the ominous sister of a chauffeur in Hitler’s early years? One can imagine only too well these seventy- or eighty-year-old grandees of the Thousand Year Empire in the dwellings of their old age: how the unexpected attention of an American historian flatters them and encourages them to talk! And even if Hitler could be regarded irrefutably as a sado-masochist, which scientific interest does that further? Does it help to explain the unexpected German-Polish friendship treaty, the destruction of Czechoslovakia, the invasion of Poland or the World War after 1941? Does it explain the lack of resistance in German society to Hitler’s dictatorship until 1945? Does the “final solution of the Jewish question” thus become more easily understandable or the “twisted road to Auschwitz” become the one-way street of a psychopath in power? (Wehler, 1980, p. 531).2

Por otra parte, también es verdad que la manipulación de sentimientos y emociones jugó un papel fundamental a la hora de movilizar a la población alemana al compás marcado por el iii Reich, pero a partir de esto tampoco podemos afirmar, como hacía Lévinas (2001, p. 161), que la filosofía de Hitler fuese primaria y se limitase a un despertar de sentimientos elementales —pues dicha manipulación venía marcada por un plan perfectamente racional y llevado a cabo de manera consciente—. Si identificamos lo que Lévinas denomina “hitlerismo” con el propio nacionalsocialismo, el análisis del filósofo francés se muestra excesivamente simplista e incompleto. Pero aun si se refiriera solo al poder carismático de Hitler también estaría pecando de un enorme reduccionismo. El Führer contaba entre sus cualidades con un gran carisma y un talento singular para la oratoria, instrumentos a partir de los cuales lograba embaucar a las masas y hacerles ver el mundo a través de sus ojos —véase, por ejemplo, el testimonio de la cineasta Leni Riefenstahl acerca de esta cuestión (2013, pp. 157; 185)—. Sin embargo, tras este hombre histriónico había toda una serie de estrategias perfectamente calculadas y medidas: los movimientos que hacía el dictador a la hora de dirigirse a su público, que hoy día pueden resultar hasta cómicos, eran cuidadosamente seleccionados y entrenados para causar un mayor impacto; su discurso era acompañado de una meticulosa puesta en escena; y todos sus actos estaban cubiertos por una estética donde nada era dejado al azar —encontrando un ejemplo paradigmático de ello en la conocida película propagandística nazi El triunfo de la voluntad—. De esta manera, la habilidad de Hitler para influir sobre las personas venía acompañada y previamente perfilada por un plan racional que le permitía concentrar sus esfuerzos a la hora de convencer y movilizar a la población. Por lo tanto, sostener que el hitlerismo se sustentaba únicamente en unos sentimientos que predeterminaban el destino del alma en el mundo, y, sobre todo, calificarlo como un pensamiento “primario”, equivale a situar a Hitler como el nuevo “alma del mundo a caballo” hegeliano, seguido por millones de alemanes pero de una manera puramente pulsional. No obstante, la historia no demuestra que esto fuera así. Adolf Hitler logró convencer a millones de personas para que aceptaran su ideología y, junto a ello, logró canalizar los instintos y pasiones del pueblo a través de una articulación racional que pasaba en primer lugar por transformar al conjunto de individuos en una masa homogénea y dócil. En otras palabras, enfatizar exclusivamente el componente “primario” del pensamiento nazi acaba reduciendo a Alemania a una comunidad de ciegos donde el tuerto Hitler era el rey.

Una vez hecho este amplio rodeo, y realizada esta aclaración contra la acusación de irracionalidad en el nacionalsocialismo, podemos decir que el régimen de Hitler fue, aunque sea de una manera bastarda, un “heredero” de la Ilustración. El legado del imperio de la razón fue recibido por el iii Reich, aunque su ideología no pusiera la racionalidad abstracta de la modernidad como su clave de bóveda; bastó con aprovechar de una manera puramente instrumental todo el poder que se le había otorgado. La razón, que siglos atrás había domeñado todos los aspectos de la vida y servía de brújula en todas sus actividades —determinando qué debíamos entender por “bueno”, “correcto”, “útil” o “conocimiento”—, acabó convertida en un cálculo de medios a fines, pero conservando el mensaje de que gracias a la ciencia, la industria o la tecnología a las que daba lugar podría alcanzarse el progreso. Gracias a este tipo de racionalidad, el nazismo pudo desarrollar algunos de sus rasgos más característicos. Por citar tan solo algunos ejemplos, la ideología nazi no se apoyaba únicamente en mitos de inspiración romántica, sino que también poseía una estructura racional interna y sencilla que permitía su fácil comprensión por parte de las masas. Hannah Arendt había definido la ideología como “la lógica de una idea” cuyo objeto es la historia, a la que se aplica dicha “idea”, y cuyo resultado es un proceso que se encuentra en constante cambio. “La ideología trata el curso de los acontecimientos como si siguiera la misma ‘ley’ que la exposición lógica de su ‘idea’. Las ideologías pretenden conocer los misterios de todo el proceso histórico —los secretos del pasado, las complejidades del presente, las incertidumbres del futuro— merced a la lógica inherente a sus respectivas ideas” (Arendt, 2010, p. 628). En última instancia, la ideología nazi pretendía explicar cualquier hecho de la realidad deduciéndolo a partir de una sola premisa, la idea de raza, llevando este razonamiento hasta sus últimas consecuencias lógicas. Es por esto que Arendt vuelve a afirmar:

Un estricto logicismo como inspirador de la acción permea toda la estructura de los movimientos totalitarios y los gobiernos totalitarios. El argumento más persuasivo, del que Hitler y Stalin eran igualmente entusiastas, es la insistencia en que quienquiera que diga A debe también decir necesariamente B y C, para acabar finalmente en la Z. Todo lo que se interponga en el camino de esta forma de razonar —la realidad, la experiencia, la trama cotidiana de relaciones e interdependencia humanas— es declarado improcedente. (Arendt, 2005, pp. 427-428).

La utilización de esta racionalidad instrumental permitió también un vasto avance tecno-científico que ayudó a incrementar la efectividad de la propaganda y el adoctrinamiento del régimen: pseudociencias como la raciología cobraron un tremendo auge por “demostrar” la jerarquía racial en base a supuestos “argumentos científicos”; la educación del pueblo fue completamente nazificada en todos los niveles, cambiando el contenido de las materias, purgando librerías y bibliotecas de obras y autores considerados perniciosos, o, especialmente, buscando forjar una “conciencia nazi” desde la infancia —cf. Koonz, 2005—; el desarrollo de los medios de comunicación de masas, como la prensa, la radio o el cine, permitieron divulgar las proclamas, mensajes o avisos del Reich en cualquier momento y lugar; asimismo, también la industria armamentística conoció un apogeo nunca visto, preparando a Alemania para la guerra al tiempo que proporcionaba trabajo a una población antes desesperada debido al nivel de desempleo.

Sin embargo, el uso de la razón como una mera herramienta demostró que, por sí sola, esta era incapaz de levantar barreras seguras y fiables ante los peligros que pudiera generar. Una insuficiencia que posibilitó que un hecho como el Holocausto tuviera lugar a partir de una serie de elementos y factores que consideraríamos normales, en la medida que se ajustan plenamente a nuestra civilización. El exterminio sistemático de judíos, rusos, gitanos, disidentes, discapacitados, “asociales”, etc. reveló el rostro oculto de la modernidad, aquel que permanece velado, invisible, que no siempre aflora, que puede estar siglos sin dar señales de vida, pero que no por ello deja de estar ahí, latente, esperando su ocasión. Mostró un aspecto de la sociedad moderna que coexiste con la imagen habitual que tenemos de ella y que, por tanto, es indesligable de ella; si acaso parece permanecer escondido es debido a que ha encontrado menos oportunidades propicias para manifestarse, pero en caso de darse las condiciones necesarias su aparición resulta inevitable, en la medida que es consustancial a la modernidad. Operaciones como la “Solución Final” no fueron una desviación del progreso, sino la otra cara de la moneda, su faceta más oscura y cruel, una muestra de lo que también pueden lograr el conocimiento tecnológico y el potencial industrial de nuestra época. De esta forma, la racionalidad instrumental de la que se sirvió el nacionalsocialismo probó que la razón también posee un lado oscuro y que puede ponerse incluso al servicio de propósitos irracionales, dando lugar a la variante más malévola de la civilización, a lo que consideramos una auténtica barbarie.

A propósito de esta relación, Enzo Traverso recoge el testigo de Raymond Aron a la hora de analizar y distinguir los dos tipos de lógica subyacentes a los dos grandes sistemas totalitarios de la historia —el nacionalsocialismo y el estalinismo—, y expone de manera sintética y esclarecedora la vinculación entre la racionalidad de los medios y la irracionalidad de los fines dentro del nazismo:

En el nazismo […] la contradicción era flagrante entre la racionalidad de los medios utilizados y la profunda irracionalidad del objetivo buscado: la dominación de la “raza aria”, el remodelaje de Europa sobre la base de una jerarquía de tipo racial. Los campos de exterminio nazis son una ilustración de esta contradicción. Los medios de la producción industrial, las reglas de la administración burocrática, los principios de la división del trabajo, los resultados de la ciencia (Zyklon B) eran utilizados con el objetivo de eliminar un pueblo considerado como incompatible con el orden “ario” e indigno de vivir sobre este planeta. Durante la guerra, la política nazi de exterminio de los judíos (y en menor medida de los gitanos) se reveló irracional incluso en el plano económico y militar, ya que fue realizada movilizando recursos humanos y medios materiales sustraídos de hecho a la guerra y destruyendo una parte de la fuerza de trabajo presente en los campos. (Traverso, 2005, p. 105).

Dentro de las fronteras del iii Reich, los avances de la ciencia, la técnica y la industria eran utilizados para acabar con la vida de determinados grupos de personas, poniendo con ello la civilización al servicio de una macabra fábrica de la muerte. Un hecho que para Traverso encuentra su encarnación en figuras como la de Rudolf Höss, comandante del campo de concentración de Auschwitz, para quien “el criterio fundamental para calcular el ‘rendimiento’ de ese campo era el número de muertos. En Auschwitz el exterminio no era un subproducto sino una finalidad inmediata del dispositivo totalitario” (Traverso, 2005, p. 106).3

El Holocausto, por tanto, no fue fruto de una decisión temperamental, de un acto impulsivo o del desvarío de un demente. Por el contrario, fue el resultado de un acto perfectamente calculado, planificado, sistemático y racional. La construcción de infraestructuras, la organización de las deportaciones, los métodos de exterminio, el ocultamiento a la población… todo fue meticulosamente estudiado, estructurado y dispuesto para llevar a cabo una monstruosidad hasta el momento no concebida por ninguna mente humana. En este sentido, el uso de la expresión “fábricas de la muerte” para definir los campos de concentración y de exterminio no resulta, en modo alguno, azarosa, sino que refleja claramente la función de estos lugares: la producción serializada de la muerte. Auschwitz, Treblinka, Sobibor, Chelmno y un largo etcétera no eran simples emplazamientos donde la gente era asesinada, sino que se guiaban por los mismos principios que regían el funcionamiento industrial de las fábricas desde el siglo xix: la distribución taylorista de tareas y la producción en serie fordista. La diferencia residía en que mientras una fábrica corriente elaboraba herramientas, materiales, objetos de consumo, etc., el único producto que se obtenía en los Lager era la muerte. La racionalización de los campos de concentración siguió así los mismos pasos que en su día había realizado la industria para optimizar su trabajo. Ideados como “mataderos para seres humanos”, estas “fábricas de la muerte” fueron situadas lejos de los centros urbanos, como ocurrió con los mataderos de animales a partir del siglo xix, y compartían con estos últimos las mismas características de la matanza industrial: masiva, anónima, técnica, indolora —en la medida de lo posible— y, sobre todo, invisible, operando como si nunca hubiera tenido lugar. Actuando allende la vista de la población, la producción en cadena de mercancías fue sustituida por una producción en serie de cadáveres, al tiempo que el sistema de exterminio era dividido en varias etapas: guetización, deportación, concentración, selección de individuos aptos para el trabajo por parte de los médicos de las SS —si procediera—, expolio de los bienes y efectos personales de las víctimas, ejecución —generalmente en las cámaras de gas—, recuperación de ciertas partes de su cuerpo —como pelo, dientes de oro, o a veces incluso piel y hueso—, incineración de los cadáveres, limpieza de las rampas de acceso y las cámaras, y, en ocasiones, la utilización de las cenizas para hacer productos como jabones o fertilizantes.

Como toda empresa, estas fábricas de la muerte operaban sobre la base de una administración racional, apoyada sobre los principios del cálculo, la especialización, la división de tareas, la coordinación y la eficiencia. De esta manera, la burocracia jugó un papel indispensable dentro del genocidio nazi, resolviendo a través de su organización y de sus cómputos que operaciones como la “Solución Final” o el exterminio de los prisioneros políticos y del frente oriental eran el método más viable y eficaz para la consecución del Lebensraum declarado por Hitler. Una vez fue tomada la decisión, todo se redujo a términos de planificación, cuadratura de cuentas, eficacia y normas de aplicación en general; pura rutina burocrática.4

Ahora bien, para que la burocracia cumpliera adecuadamente con su función necesitaba apoyarse en la combinación de dos procedimientos paralelos. En primer lugar, la división funcional del trabajo permitió generar una “mediación de la acción” —que también podríamos denominar “mediación de la distancia”—, es decir, implantó intermediarios dentro de la acción para que el agente original no experimentase esta como propia; de este modo, se generaba una distancia práctica y mental entre la labor realizada y el resultado final que esta conllevaba. Las órdenes dadas por un oficial eran ejecutadas por una persona de rango inferior, generando con ello una distancia entre “la persona” y “la acción” que impedían experimentar esta última de una manera directa. Aplicándolo a una situación práctica, resultaba más sencillo ser un “asesino de escritorio” —como calificaba Hannah Arendt a Adolf Eichmann, entre otros— y dar una orden desde el despacho para asesinar a millones de judíos, que ejecutar uno mismo esa orden; después de todo, situándonos en la piel de alguno de los líderes nazis —si es que acaso puede hacerse—, pensaríamos: “no soy yo quien está llevando a cabo el asesinato, sino otras personas”. A su vez, reduciendo las personas a números y gráficas, y haciendo del lenguaje sobre el exterminio una jerga industrial, se hacía más difícil concebir que tras las cifras y las palabras había seres humanos de carne y hueso, y no “cargamento”, como decía Franz Stangl (Sereny, 2009, p. 293). La mediación de la acción confería así una distancia tal que permitía tomar fríamente cualquier decisión, por muy dura que pareciese, pues para aquel que ordenaba la acción, esta no era en ningún caso concretada en su mente, tan solo planteada en abstracto.

El segundo procedimiento consistía en la sustitución de la responsabilidad moral por una responsabilidad técnica, dentro de la cual los actos eran juzgados, no según valores morales, sino según criterios intrínsecos, como la oportunidad, el éxito o la eficiencia. De este modo, la acción realizada por una persona dejaba de ser un medio para lograr un determinado fin, para pasar a convertirse en fin en sí misma, ignorando con ello las consecuencias más lejanas que pudiera acarrear. Con ello, quedaba establecida una disciplina organizativa por la cual debían obedecerse las órdenes de los superiores sin cuestionarlas y obviando cualquier otro estímulo, como pudieran ser las opiniones, los principios morales o las preferencias personales. Lo único que importaba era que la tarea encomendada se realizase ajustándose al mejor procedimiento tecnológico posible y que el resultado fuese óptimo y eficaz. Es lo que Max Weber había bautizado como el “honor del funcionario”, el cual consiste en “su capacidad de ejecutar precisa y concienzudamente, como si respondiera a sus propias convicciones, una orden de la autoridad superior que a él le parece falsa, pero en la cual, pese a sus observaciones, insiste la autoridad, sobre la que el funcionario descarga, naturalmente, toda la responsabilidad” (2004, pp. 115-116); a partir de este principio el individuo se preocupa única y exclusivamente de desempeñar bien su función y ser un trabajador que cumple de manera eficiente el cometido que se le ha asignado, quedando la moralidad completamente al margen. Encontramos así en el nacionalsocialismo casos como los ingenieros de los camiones de gas, para quienes la mayor preocupación no era que los vehículos que diseñaban se empleasen para matar, sino cómo hacer esas muertes más eficientes; es decir, cómo matar al mayor número de personas con la menor cantidad de gas posible. Revisando sus informes no encontramos reflexiones morales; en cambio, sí que hallamos balances y cálculos sobre las capacidades y distribuciones de carga, la resistencia de los amortiguadores, el tipo y la cantidad de gas que debía utilizarse… toda una serie de disquisiciones tecno-científicas y de optimizaciones de resultados, a partir del menor costo y esfuerzo posible, que acabó dando lugar a los adelantos que posibilitaron las cámaras de gas (cf. Lanzmann, 2003, pp. 107-109).

Por otro lado, estos dos procesos que sustentaban la estructura burocrática trajeron consigo un doble resultado. De una parte, gracias al distanciamiento que permitían, las personas fueron completamente deshumanizadas, reducidas a medidas cuantitativas sin cualidad o carácter específicos. Un hecho al que, además, contribuyó la modificación que se efectuó en el lenguaje a la hora de referirse a cualquier elemento relacionado con el Holocausto, como se refleja en los ejemplos que ya hemos mencionado anteriormente —“Solución Final” en lugar de “genocidio”; “Sección de Administración y Economía” para referirnos al departamento de las SS encargado de la destrucción de los judíos; etc.—, o en la prohibición a los operarios de los campos de llamar “cadáveres” a las víctimas, a las que habían de referirse como “cuerpos”. A través de esta terminología se buscaba que nadie viera rasgo alguno de humanidad en los prisioneros, ocultar que eran seres humanos que sufrían y padecían, que sentían horror y angustia al ser conscientes de su fatal destino y que, encerrados y condenados, luchaban y se agolpaban ante las puertas de la cámara o el camión de gas hasta su último aliento. Considerados como meras mercancías y transportados en vagones dedicados originalmente a la carga de alimentos o ganado, tales aspectos no se percibían; para los nazis no eran ya sujetos dignos de ninguna consideración ética y moral, y si lo eran, no más que una res o un saco de grano.

No conformes con pretender expulsarlos del género humano, la segunda consecuencia fue la invisibilización de las víctimas. Antes de la implantación de los gaseados, los Einsatzgruppen liquidaban a sus víctimas disparándoles a quemarropa; algunos llegaban incluso a la brutalidad de matarlas a golpes o con sus propias manos. Pese a que se trató de implantar el uso de armas a distancia —ametralladoras, rifles, etc.— para alejar a los perpetradores de las fosas a las que caían los cadáveres, resultaba imposible pasar por alto la relación entre disparar y matar. El punto de inflexión llegó cuando, supervisando unas ejecuciones en agosto de 1941, el propio Heinrich Himmler estuvo a punto de caer desmayado al salpicarle los restos de sangre, hueso y sesos de una de las víctimas (Shirer, 2013, p. 435). Preocupado como estaba —paradójicamente— por la moral de sus tropas, el líder de las SS dio la orden a los administradores del genocidio para que aplicaran nuevas técnicas de asesinato que impusieran una mediación entre víctima y victimario. Así fue cómo comenzaron a edificarse las primeras cámaras de gas. A través de estos métodos, el papel de los verdugos quedaba reducido al de un simple operario u “oficial de sanidad”, cuya única función se limitaba a vigilar y mantener el buen funcionamiento de las cámaras —empleando para las tareas más ingratas y siniestras a los Sonderkommandos—. Si su contacto con las víctimas —a las que previamente habían deshumanizado— era prácticamente nulo y el método de ejecución consistía en verter un saco de productos químicos por una obertura, el cargo de conciencia se eliminaba; los autores de los asesinatos no verían en sus sueños los gestos demacrados de los cadáveres ni oirían sus desgarradores gritos de auxilio. Así como los exterminadores no sienten remordimientos al acabar con una plaga de insectos, los nazis, que en su mente retorcida concebían a pueblos como el judío también como una plaga que amenazaba su existencia (cf. Jäckel, 1972), tampoco los tenían, y menos aún si hacían a las víctimas invisibles a sus ojos, inaudibles a sus oídos e imperceptibles a sus conciencias.

Todos estos procesos que rodeaban al Holocausto posibilitaron la creación de una serie de barreras psicológicas que facilitaron no solo la consumación del genocidio; también la presencia de un rasgo que se hizo consustancial a una de las mayores barbaridades cometidas por el hombre: el mal.5 Un mal que permeó todas las capas del iii Reich y que trató de infiltrarse en todos los resquicios de la sociedad. Ahora bien, para explicar esta malignidad que caracterizó al nacionalsocialismo se han tratado de dar diversas explicaciones, más allá de las infructuosas teorías antes mencionadas apoyadas en rasgos psicoanalíticos o en la locura de sus perpetradores. Por una parte, Raul Hilberg ha hablado acerca de lo que podemos calificar como la “espontaneidad del mal”.6 En la obra Shoah, de Claude Lanzmann, hablando acerca del exterminio de los judíos y de lo inédito que resultó su aniquilación, el célebre historiador afirma lo siguiente (2003, p. 80):

Todo se deduce de formulaciones generales […] incluso el término de Solución Final, total o territorial, permite al burócrata “inferir”, a partir de él. No se puede leer tal documento, ni siquiera la carta de Goering a Heydrich (verano de 1941), que le encarga en dos párrafos proceder a la Solución final y examinando este texto, considerar que todo está ya dilucidado, nada de eso […] Se trataba de una autorización para inventar, para comenzar algo que, hasta ese momento, era imposible poner en palabras. Así es como yo veo las cosas […] En cada fase de la operación fue necesario inventar. Ciertamente, en ese punto, porque cada problema carecía de precedente: no sólo cómo matar a los judíos, sino qué hacer con sus bienes y cómo impedir que el mundo lo supiera. Esa multitud de problemas… Todo era nuevo.

Para el autor de La destrucción de los judíos europeos esta “autorización para inventar” ante hechos que carecían de precedentes es lo que permitió, como deja ver en su obra magna (2005), superar los diferentes obstáculos tecnológicos, burocráticos y morales que iban surgiendo en el proceso de aniquilación. El propio Hitler rara vez dio alguna orden por escrito, sino que lo que verdaderamente tenía valor de ley era su palabra; una palabra casi siempre vaga y ambigua, donde la clave era interpretar adecuadamente qué debía hacerse para “trabajar en la dirección del Führer”. Este es el punto fundamental. Mientras que sus mandatos fueran realizados con éxito, existía una completa libertad de interpretación acerca de cómo llevarlos a cabo. Un planteamiento que era consecuentemente aplicado al genocidio judío: al enfrentarse a una situación inédita como era el asesinato a sangre fría de millones de personas, los operarios de los campos tuvieron que, por así decirlo, “improvisar sobre la marcha”. No existían sucesos anteriores a los que remitirse a la hora de actuar, de modo que tuvieron que interpretar las órdenes que les daban, inferir qué era lo que querían exactamente los grandes jerarcas del Partido y, sobre todo, inventar sus propios modelos de actuación. Mientras que los miembros de las SS cumplieran adecuadamente los objetivos de concentrar, deportar y exterminar a las personas seleccionadas, así como de evitar que la población alemana fuera plenamente consciente de lo que ocurría en los campos,7 daba igual el cómo; podían proceder como estimasen oportuno. Así fue cómo se habría liberado el peor de los males en los campos de concentración, creando un infierno en la Tierra. Se dotó a los perpetradores de un poder absoluto para actuar a su conveniencia y se les exoneró de cualquier tipo de responsabilidad. Podían tratar a las víctimas con toda la malevolencia, crueldad y sadismo que quisieran, pues no tenían que rendir cuentas a nadie en tanto en cuanto cumplieran con su cometido. Ellos mismos habían creado sus propias pautas de actuación a partir de unas “formulaciones generales” que les habían dado, desencadenando con ello un mal hasta entonces desconocido.

Sin embargo, la explicación más conocida y popularizada acerca del origen del mal durante la época del nacionalsocialismo fue la que proporcionó Hannah Arendt a raíz del juicio a Adolf Eichmann en 1961 en el, por aquel entonces, recién creado Estado de Israel. A través de lo que la autora de Eichmann en Jerusalén (1963) bautizó como “banalidad del mal” se ponían en cuestión siglos y siglos de reflexión filosófica acerca de la intencionalidad en la realización de las malas acciones. La banalidad del mal consiste, entre otras cosas, en que no hacen falta motivos malignos a la hora de ejecutar actos malvados, sino que estos pueden llegar a tener lugar también debido a motivos triviales, irrelevantes o, por usar el término de Arendt, “banales”. De esta manera, según nos dice la pensadora germano-americana, para llevar a cabo el mayor de los crímenes de la humanidad, como había sido el Holocausto, no fueron necesarias motivaciones malévolas por parte de la mayoría de perpetradores, sino únicamente renunciar a su capacidad de juicio y dejarse llevar por razones tan usuales como el reconocimiento social, la sensación de pertenencia a una comunidad, la promoción en su trabajo, la elusión de cualquier tipo de problemas con los superiores o con la autoridad, o el argumento que se hizo más popular desde los Juicios de Núremberg: “Yo solo cumplía órdenes”.

En efecto, la ausencia de cualquier tipo de pensamiento autónomo y crítico resulta esencial para que pueda presentarse este mal banal. Lo que habría hecho colaborar a un gran número de individuos con los asesinatos no fue una mentalidad demoníaca o una maldad intrínseca, sino su “irreflexivilidad”, su nula capacidad para pensar y emitir juicios propios, convirtiéndose con ello en el tipo de personas dóciles y manipulables que el totalitarismo nazi pretendía formar.8 Para Hannah Arendt, Adolf Eichmann encarnaba este modelo de persona. Después de que el Mossad secuestrara en Argentina al antiguo integrante del NSDAP y de que el mundo entero conociese la noticia de su juicio, la gente esperaba ver ante el tribunal el “semblante del mal”, alguien cuya mirada reflejase la locura homicida y cuya cara le delatase como un asesino sanguinario. La realidad, por el contrario, fue muy diferente. Adolf Eichmann resultó ser una persona “terrible y terroríficamente normal” (Arendt, 2011, p. 402), de estatura media, delgado, calvo, con gafas y con algún tic nervioso. Las pruebas psicológicas de seis expertos dictaminaron que no solo carecía de cualquier tendencia sádica o violenta, sino que incluso la actitud que mostraba hacia su familia y amigos resultaba ejemplar; incluso su confesor afirmaba que era un hombre con ideas muy positivas.

Por otra parte, Eichmann nunca destacó por ser un trabajador especialmente inteligente, original, cualificado o con grandes dotes de liderazgo; su mayor cualidad, como el mismo reconocería, era que sabía cumplir las órdenes que le encomendaban con gran eficiencia. En el fondo, era un simple burócrata, un funcionario de las SS que cobró un protagonismo destacado porque la sección que él dirigía, la Subdirección IV-B de la RSHA, era la encargada de coordinar las deportaciones de los judíos a los campos de concentración y de exterminio. Adolf Eichmann se convirtió así en el ejemplo de hombre “civilizado” que a través de la burocracia y de unos métodos racionales permitió y participó en la mayor de las barbaries. No carecía de capacidad de juicio crítico ni de un pensamiento independiente, sino que renunció a ellos para guiarse exclusivamente por el “honor del funcionario”, tomando como único parámetro del bien el correcto cumplimiento de su cometido. Su trabajo le convirtió en un auténtico “asesino de escritorio” que reducía la vida de seres humanos a cifras que debía encajar en diferentes cuadrantes, y que se distanciaba de las víctimas de una manera tal que elaboró toda una serie de barreras psicológicas con las que era literalmente incapaz de ver el horror que estaba causando. Su alejamiento le llevó incluso a considerar que lo verdaderamente inhumano no era matar, sino matar causando un dolor inútil, lo que le hacía ver las cámaras de gas como una medida humanitaria:

Ninguna de las diversas “normas idiomáticas”, cuidadosamente ingeniadas para engañar y ocultar, tuvo un efecto más decisivo sobre la mentalidad de los asesinos que el primer decreto dictado por Hitler en tiempo de guerra, en el que la palabra “asesinato” fue sustituida por “el derecho a una muerte sin dolor”. Cuando el interrogador de la policía israelí preguntó a Eichmann si no creía que la orden de “evitar sufrimientos innecesarios” era un tanto irónica, habida cuenta de que el destino de sus víctimas no podía ser otro que la muerte, Eichmann ni siquiera comprendió el significado de la pregunta, debido a que en su mente llevaba todavía firmemente anclada la idea de que el pecado imperdonable no era el de matar, sino el de causar dolor innecesario […] Seguramente pensó también que el nuevo método de matar [las cámaras de gas] indicaban una clara mejora de la actitud adoptada por el gobierno nazi para con los judíos, puesto que al principio del programa de muerte por gas se expresó taxativamente que los beneficios de la eutanasia eran privilegio de los verdaderos alemanes. A medida que la guerra avanzaba, con muertes horribles y violentas en todas partes […] los centros de gaseamiento de Auschwitz, Chelmno, Majdanek, Belzek, Treblinka y Sobibor, debían verdaderamente parecer aquellas “fundaciones caritativas del Estado” de que hablaban los especialistas de la muerte sin dolor. (Arendt, 2011, pp. 160-162).

Ahora bien, también es cierto que muchos han criticado que el caso de Eichmann no supone el mejor ejemplo para ilustrar la banalidad del mal. En primer lugar, porque Arendt parece subestimar el fanatismo ideológico que llegó a alcanzar el antiguo miembros de las SS. En este sentido, un argumento que echaría por tierra el fenómeno a la hora de aplicarlo a Eichmann —y que la filósofa menciona de forma casi soslayada en su obra— es que, pese a que en el juicio él afirmó no tener ningún odio contra los judíos y que se limitaba a cumplir órdenes, cuando le ordenaron acabar con las deportaciones en los últimos meses de guerra, decidió desobedecer y seguir adelante con ellas en ciudades como Budapest. También conocía a la perfección cómo operaban los campos, pues había acudido personalmente a supervisar el funcionamiento de algunos de ellos, aunque él afirmaba haberse negado a presenciar cualquier ejecución. Asimismo, teniendo en cuenta que el abogado de Eichmann en el juicio, Robert Servatius, había sido uno de los defensores de los grandes jerarcas nazis en los primeros juicios de Núremberg, tampoco queda claro hasta qué punto sus argumentos —como su carencia de antisemitismo, el miedo a las consecuencias de no acatar las órdenes o su sentimiento de obediencia y cumplimiento con el deber— resultaban ciertos o eran una simple estrategia jurídica de la defensa para buscar la pena más laxa posible.9

En este sentido, el caso de Stangl quizá hubiera sido más idóneo. Franz Stangl era un ejemplar padre de familia, casado con su novia de juventud —una católica devota—; había llegado a ser policía de su Austria natal después de ser el maestro tejedor más joven del país; y, además de todo esto, dirigió el campo de exterminio de Treblinka, en el que perecieron entre 800.000 y 900.000 judíos. En un principio fue reacio e incluso trató de rechazar sus labores en las instituciones donde se llevaba a cabo el —mal llamado— proyecto de eutanasia Aktion T-4 y en la construcción de los campos de Sobibor y Treblinka, necesarios para llevar a término la “Operación Reinhard”. Pero a pesar de su reticencia inicial acabó cediendo ante las promesas de ascensos y de reconocimiento por parte de la cúpula de Partido nacionalsocialista. A partir de ese momento Stangl mantuvo al margen a su familia —mintió a su mujer en reiteradas ocasiones, asegurándole que su trabajo se limitaba a funciones puramente administrativas— y se guio por su “honor de funcionario”, hasta el punto de ser condecorado por el propio Himmler con la Cruz de Hierro al considerársele “el mejor comandante de campo en Polonia” (Sereny, 2009, p. 14). Controlando desde su despacho el mayor campo de exterminio después de Auschwitz, Stangl se esforzó por crear toda clase de barreras psicológicas para realizar de manera óptima su trabajo y no pensar en la matanza que estaba dirigiendo: aprendió a ver a las víctimas como “cargamento” y no como seres humanos; se acostumbró a ver el horror que le rodeaba como una rutina, habituándose a las eliminaciones como si fueran algo corriente; y distrajo su mente con otro tipo de actividades, como la burocracia o el cultivo de un huerto. Llegó a distanciarse tanto del mundo que le rodeaba que, con la excusa del calor que a veces soportaba, se confeccionó un traje blanco que contrastaba con el uniforme negro de las SS y con el que también recibía a las futuras víctimas, haciéndole parecer una especie de ángel de la muerte; una macabra ironía de la que, sin embargo, nunca llegó a percatarse. Su único deber, como le habían dictado, era acabar con la vida de quienes llegaban a sus instalaciones, e incluso uno de los operarios de las SS llegó a afirmar que lo que más le preocupaba era que el campo de exterminio funcionase igual que un reloj. A pesar de esto, en la entrevista realizada por Gitta Sereny en 1971 siempre negó reconocerse como un asesino, pues, desde su punto de vista, él se había limitado a cumplir órdenes y nunca había tenido posibilidad de elección.10

En una línea todavía más radical, la propuesta de la “banalidad del mal” ha sido también criticada por apoyarse en un excesivo intelectualismo, podríamos decir que incluso socrático. En efecto, el fenómeno descrito por Arendt goza de una gran comprensión —lo cual no quiere decir que se esté de acuerdo con ella— dentro del ámbito filosófico, pero en una conversación más coloquial resulta difícil hacer entender que personas como Eichmann o Stangl llevaron a cabo sus acciones sin ser conscientes verdaderamente de lo que estaban haciendo. Por una parte, es complicado hacer ver que alguien pueda cometer una acción malévola de grandes proporciones sin estar previamente motivado por una mala intención —argumento que usó la Alemania nazi para convencer a su población frente a las acusaciones de los Aliados, pues según ellos ninguna motivación maligna guiaba su guerra contra Europa o su antisemitismo, de modo que no había nada de malvado en lo que hacían—; y por otra, y quizá la más importante, tampoco resulta fácil comprender que una persona renuncie a su propio razonamiento y a su juicio crítico para dejarse llevar única y exclusivamente por órdenes dadas por terceros, en su creencia de que aquello que le mandan es siempre lo correcto. Arendt nunca negó la responsabilidad que tuvieron los perpetradores del Holocausto, como tampoco negó la de Eichmann, pero lo que sí es cierto es que su teoría del mal se apoya en la errónea aplicación de la razón y el juicio. Al igual que Sócrates afirmaba que aquel que hacía el mal lo hacía en el fondo por desconocimiento o ignorancia, la posición de Arendt es que todo aquel que diera cabida al mal banal lo hizo por un uso inadecuado de su entendimiento y de su capacidad crítica. En palabras de Susan Neiman (2012, p. 383):

Al ofrecer una estructura que muestra cómo los crímenes mayores pueden ser ejecutados por hombres que no tienen ninguno de los rasgos de los criminales, Eichmann en Jerusalén es un alegato que afirma que el mal no es una amenaza a la razón misma. Más bien, crímenes como los de Eichmann son consecuencia de la necedad, la irracionalidad, la negativa a usar la razón como deberíamos. Al igual que Rousseau, Arendt buscó mostrar que en la naturaleza de nuestros espíritus está la disposición a funcionar bien: nuestras facultades naturales son corruptibles, pero no son inherentemente corruptas.

Ahora bien, que hayamos expuesto estas dos perspectivas no significa que fueran las únicas manifestaciones que alcanzó el mal durante el nacionalsocialismo. Sería imposible encajar a personas como Hitler en alguna de estas concepciones, personas a las que únicamente cabe describir como malévolas, crueles y viles; personas que eran plenamente conscientes de lo que hacían y a las que no les importaba asesinar sistemáticamente y a sangre fría a millones de personas inocentes con tal de lograr sus perversos objetivos de dominación y control; personas que se valieron de los mecanismos racionales que ofrecía la modernidad para planear, organizar, dirigir y finalmente conseguir sus propósitos criminales. Individuos como Hitler, Himmler, Goebbels, Bormann, Heydrich, Globocnik, Göth… única y simplemente pueden ser definidos como intrínsecamente malvados.

Sin embargo, esto no quiere decir que debamos vernos obligados a elegir una sola teoría a la hora de hablar y de comprender el mal presente en la Alemania nazi. A la luz de lo que hemos expuesto podemos decir que no existe una única explicación que por sí sola pueda dilucidar una cuestión que reviste de tanta complejidad. El mal nazi tuvo múltiples manifestaciones, y muy diversas entre sí, como para poder agrupar todas ellas en una única teoría genérica y omniexplicativa.11 Desde este punto de vista, las diferentes tesis que existen sobre el tema del mal no resultarían incompatibles entre sí, sino que la opción más idónea pasaría por compatibilizarlas y aplicar una u otra en función de la persona o situación que pretendiésemos analizar. De este modo, podríamos decir que algunas personas, ebrias del poder que les había sido concedido y ante la ausencia de responsabilidades que se les había permitido, crearon una serie de pautas y de modelos de comportamiento que permitieron que el mal brotase espontáneamente de sus actos; otras personas, obnubiladas por su afán de éxito, de promoción laboral, de pertenencia a una comunidad, de notoriedad social, etc., renunciaron a su capacidad de pensar por sí mismas para obedecer las prescripciones de otros, permitiendo con ello la realización de las mayores atrocidades sobre la base de aquellos motivos “banales”;12 finalmente, otras personas aprovecharon las circunstancias de opresión, de terror o de guerra, o se valieron de su posición social, para dar salida a los impulsos más sádicos, despiadados, macabros, sanguinarios y, sobre todo, malvados que albergaban en su interior. Todas ellas participaron en la construcción del mal nacionalsocialista, pero este mal supo adoptar distintos rostros dentro de la sociedad.

El régimen nazi supuso así un desgarro dentro de nuestra civilización. La perpetración de unos hechos que introdujeron el término “crímenes contra la humanidad” en el Derecho internacional hizo tambalear los pilares del pensamiento y de la moral tal y como los conocíamos, obligándonos a reflexionar acerca de cómo había podido suceder una catástrofe como el Holocausto y qué habíamos hecho mal a la largo de la historia para llegar a tan terrible situación. Todavía hoy día seguimos planteándonos estas preguntas pero, sin embargo, esta ruptura a la que dio pie el totalitarismo nacionalsocialista no ha cambiado el marco o la forma de nuestra civilización. Como afirma Enzo Traverso (2002, p. 9), la violencia nazi ha adquirido un estatus y un lugar en nuestra memoria comparable al que en su día alcanzaron la caída del Imperio Romano o la Revolución Francesa, pero no ha logrado alcanzar la dimensión de quiebre histórico que supusieron estos acontecimientos. Hoy nos gustaría pensar que el exterminio sistemático de millones de personas forma parte de una etapa del pasado que no puede volver a reproducirse en nuestro presente; nos resulta más cómodo concebir el Holocausto como el producto de una barbarie remota, perteneciente a una fase del progreso humano ya superada y de la que hemos aprendido para evitar sus mismos errores. Seguimos creyendo que nuestra civilización nos salvará del desastre; la misma civilización que a través de su racionalidad concibió un proyecto de ingeniería social, que dirimía quién merecía vivir y quién no, para remodelar biológicamente a la humanidad. Mantener, por tanto, esta confianza de manera inalterable nos deja desprotegidos ante los posibles desastres que puedan producirse en el seno de nuestra comunidad. Si tenemos una fe ciega en una sociedad apoyada sobre los mismos patrones racionales de la modernidad, no existe prevención alguna para que Auschwitz no vuelva a tener lugar sobre la tierra. Esta es la lección que debemos interiorizar. No es ya que el sueño de la razón produzca monstruos, sino que esos monstruos pueden estar dentro de la razón misma, aguardando latentes y ocultos hasta que las condiciones adecuadas propicien su aparición. Más allá de la faceta que conocemos de nuestra civilización, existe también un lado oscuro, oculto no porque hayamos querido esconderlo, sino porque no nos hemos atrevido a observarlo con detenimiento. Esto no quiere decir que la razón sea totalitaria o que nuestra sociedad deba ser completamente destruida para emprender un nuevo comienzo; lo que debemos hacer es aprender de nuestros errores del pasado, depurarlos y hacernos conscientes de los límites tenebrosos, sombríos y lóbregos a los que es capaz de llegar la racionalidad del ser humano. La razón no conduce necesariamente a la civilización; también puede llevarnos a la barbarie.

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Notas Notes

1 El destacado es del propio Bauman.

2 Encontramos una traducción parcial de este fragmento en el libro de Álvaro Lozano, La Alemania nazi: “¿Es que nuestra comprensión de las políticas del Nacionalsocialismo realmente depende de que Hitler tuviera tan sólo un testículo? […] A lo mejor el Führer tenía tres, lo que le hacía la vida aún más difícil, ¿quién sabe? […] Incluso si Hitler puede ser declarado categóricamente como masoquista, ¿qué interés científico puede tener eso? […] ¿Acaso la “Solución Final” del pueblo judío es más fácilmente comprensible o el “camino tortuoso hasta Auschwitz” se convierte en un camino recto de un solo carril de un psicópata en el poder?” (2012, p. 131).

3 Es necesario señalar un error cometido en esta página, debido probablemente más a una errata que a un fallo del propio autor, aunque no por ello deja de ser significativo. Rudolf Höss fue el despiadado Kommandant de Auschwitz, ejecutado en el propio campo en 1947 tras su juicio en Cracovia por crímenes de guerra. Sin embargo, el capítulo de Traverso menciona a la persona de Rudolf Hess, político alemán que en 1941 huyó a Reino Unido —supuestamente para negociar una paz a espaldas de Hitler—, que sería condenado a cadena perpetua y que fallecería en 1987. Debido al nombre homónimo y a la similitud del apellido es un error frecuente confundirlos, pero es evidente que Traverso se está refiriendo al dirigente del campo de concentración.

4 Pese a que aceptamos la tesis de Zygmunt Bauman acerca de la importancia de la racionalidad instrumental y del aparato burocrático dentro del Holocausto, es necesario señalar también la exageración del autor acerca de la eficacia de la burocracia dentro de la Alemania nazi. La presencia de múltiples organismos con las mismas funciones, como los ministerios del Reich, cada uno de los cuales tenía su réplica dentro del organigrama del NSDAP, generaba un enorme caos burocrático dentro del régimen de Hitler, que era resuelto únicamente mediante la palabra del Führer.

5 A este respecto, John Kekes utiliza como ejemplo la ya citada figura de Franz Stangl —analizada también por Gitta Sereny— en su estudio sobre este fenómeno, presente en la obra Las raíces del mal (cf. 2006, pp. 83-106). También cabe mencionar, a modo de ejemplo sobre la cuestión, el estudio realizado por Richard Bernstein en su libro El mal radical acerca autores como Emmanuel Lévinas, Hans Jonas o Hannah Arendt, que analizaron el problema del mal después de Auschwitz (2012, pp. 251-346).

6 Agradezco el término a la profesora Mª Purificación Sánchez Zamorano, quien se ha referido a él en sus clases y en los debates mantenidos con ella.

7 Se ha discutido mucho acerca del conocimiento que la población alemana tenía sobre de los campos de concentración. No podemos detenernos aquí a discutir esta cuestión, pero lo cierto es que, aunque la mayoría negó saber el crimen que se estaba produciendo en ellos —apelando sobre todo a que el régimen nazi se refería a ellos como “centros de reclusión y de reinserción”—, el pueblo tenía consciencia de que en estos lugares se producían asesinatos en masa. Cosa distinta es que no alcanzaran a ver la magnitud y la crueldad del genocidio, o que decidiesen mirar para otro lado para evitar cualquier problema con el iii Reich o para eludir dilemas morales. Para más información a este respecto, pueden consultarse las memorias de Victor Klemperer (2003) o el estudio realizado por Eric A. Johnson en El terror nazi (2002).

8 Para una breve caracterización del totalitarismo nacionalsocialista que ayude a este respecto, véanse también las obras de Eduardo González Calleja (2012), Enzo Traverso (2001 y 2009), Karl Dietrich Bracher (1983), Leonard Schapiro (1981) o Stanley G. Payne (2006), entre otras.

9 La obra de Bettina Stangneth Eichmann before Jerusalem (2014) proporciona un análisis mucho más exhaustivo acerca de la verdadera personalidad del que fuera teniente coronel de las SS y de la errónea imagen histórica que Arendt ofreció de él.

10 Sin embargo, al igual que ocurre con el caso de Eichmann, los perpetradores siempre tuvieron dicha posibilidad. Las supuestas amenazas veladas hacia sus vidas o hacia sus familias resultan completamente infundadas, pues la cúpula del Reich quería hombres decididos y sin ambages para la ejecución de la operación “Solución Final”. Si personas como Stangl accedieron finalmente a cumplir órdenes no fue bajo coacción, sino por la convicción de que serían recompensados con privilegios, con un puesto mejor o con algún tipo de reconocimiento por parte del Partido.

11 Posiblemente la falta de comprensión de este punto haya generado algunas críticas injustas contra la tesis arendtiana de la “banalidad del mal”. Muchos reprocharon a la filósofa que calificara los desastres del nazismo con el término de “banal”, considerando que aludía a algo de poco valor o importancia. Esto revela que tales lectores no habían entendido nada de lo que Arendt pretendía decir, fundamentalmente por dos motivos: en primer lugar, el calificativo de “banal” no alude a los actos de los nazis sino a las motivaciones que les llevaron a perpetrar sus crímenes; y en segundo lugar, Hannah Arendt nunca afirmó que la “banalidad del mal” explicase todo el mal del iii Reich, sino que tan solo pretendía abordar una de sus facetas, llevada a término por parte de la sociedad y personas —a su juicio— como Eichmann.

12 Lo verdaderamente terrorífico de estas dos tesis es que aquellos que permitieron la expresión de este tipo de mal no eran individuos desequilibrados o con problemas mentales, sino, como describió Arendt hablando de Eichmann, “terriblemente normales”; personas que habríamos calificado como civilizadas, que creían en el progreso, y que, sin embargo, desataron la barbarie. Quizá el mayor ejemplo lo encontramos dentro de los cuerpos policiales del iii Reich, como la Gestapo, la Kripo, etc., grupos que llevaron a cabo auténticas atrocidades —secuestros, torturas, asesinatos, confesiones forzadas, acoso, etc.— pero cuyos miembros, actualmente, pasarían en su inmensa mayoría —aproximadamente el 90% de ellos— las pruebas psicológicas para acceder a las fuerzas de seguridad del Estado de cualquier país desarrollado (cf. Gellately, 2002; Johnson, 2002; Milgram, 1980).

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